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Aires de tirana

Cuando tenía cinco o seis, les cortaba el pelo a las Barbies al estilo carré. Fue en ese momento cuando empezaron a quedar al descubierto mis primeros indicios de tirana: las Barbies elegidas para complacer mis caprichos eran las de mi hermana. Las mías seguían teniendo el pelo largo y lacio. Igual ella casi nunca se enojaba. Es más, no le gustaban las Barbies y yo la obligaba a jugar aunque no tuviese ganas. Cuando estaba enferma y me aburría sola en casa, me llevaba una mesita afuera, sin que la empleada me viera, con sillitas de madera, y sentaba a toda mi colección de osos, más un conejo, que era medio ciego pobre; un día sin querer le saqué un ojo. Servía nesquik y un pilón de tostadas y obligaba a cada invitado a que se lo tomara. Las tostadas me las comía todas yo, con muchas ganas. Las veces que venía una amiga a casa no desistía de mis aires de tirana: nadie podía caminar adelante mío por los pasillos porque "yo soy la reina, y en todo caso vos sos princesa, porque yo lo digo" Después me hacían lo mismo en sus casas cuando me tocaba a mí el papel de invitada. Me tenía que tragar la bronca como mala perdedora y no estaba acostumbrada. Para alivio del resto, al poco tiempo la tiranía fue llegando a su fin. Aunque tengo que admitir que quedaron cenizas, por decirlo así. Ahora no estoy viviendo con mi hermana y obligar a alguien, que no sea un oso de peluche o una Barbie, a tomar el té, sería lo más parecido a la esclavitud de un poco más del siglo diez. Pero una mínima parte de tiranía amenazaba con resurgir a escondidas. Esta vez fue con el único súbdito que me podía entender: Felipe, mi perro maltés. Lo senté en una silla y le pinté las uñas de sus cuatro patas cortas de color rosa. Al rato pensé que no le quedaba tan bien con el color de su piel. Entonces le volví a hacer la manicure otra vez, pero con el esmalte de color azul, el mismo que usa mi  tía Lulú.

En el baño del boliche


"La puta madre que te parió" escuchan las piernas flacas de todas las mujeres esperando en la cola del baño. No me puede estar pasando esto a mí. No en este momento por favor. Pero la evidencia se reía ante mis ojos desconsolados y mi boca de patito mojado. Fue en un segundo. Adentro de esas cuatro paredes claustrofóbicas. De puntitas de pie en el piso pegoteado de humo y alcohol. De repente escucho un "clacccc" profundo y delatador. No estaba haciendo number two, eso seguro que no. No quería espiar. Pero fue inevitable. Matame. Ahí estaba el celular. Mi mejor amigo. Muriéndose ahogado en el fondo del inodoro enemigo ¡¡¡¿Qué carajo hacías en mi bolsillo?!!! Encima ni siquiera estaba flotando. Dale Sofía, meté la mano. Qué asco. Finalmente lo rescato y salgo con el aparatito en coma cuatro y goteando. Empiezo el proceso de reanimación cardiopulmonar. Pero soplarlo y agitarlo no da resultado. Al quirófano. Lo abro al medio. Le arranco el pulmón cuadrado y mojado y lo doy vuelta. Sigue sangrando. Hay agua por cualquier lado. Dejo la batería a un costado. No la toques borracha, le digo a la de al lado. Es el momento. Cirugía a corazón abierto. Y ahí estaba. El minúsculo chip dejando de latir. Arrugado y desteñido. Indefenso y herido. Soplo otra vez y lo dejo secándose abajo de la máquina de aire caliente por un buen tiempo. No me molestes, secate las manos con papel higiénico, le digo a una que me mira con cara de perro. Recompongo cada parte de su cuerpo y con los dedos cruzados de una mano intento prenderlo. Dale, vos podés. Espero. Intento de nuevo. No hay caso. Los ojos me miran desde la pantalla empañada casi blanca. Sé que es la despedida. Voy a buscar a mis amigas. No puedo soportar el velorio sola y encima en el lugar de la muerte repentina. Todas me dicen que me olvide, que espere a secarlo al sol al otro día. Pero yo sabía que las aventuras de esta dupla habían conocido el fin esa misma noche. Y no había lugar para los reproches. A la mañana siguiente, lo predecible: el pobre estaba muerto. No podía salvarlo ni el mejor médico. No lo puedo creer. Estaba en su mejor momento. Pero todo pasa por alguna razón y tengo que admitir que, al final, el suicidio de mi celular no me vino tan mal. Ya me lo dijo Inés, que está bueno ser hippie por un tiempo. Lo acepto. Por ahí, durante ese tiempo, aprenda a atarme los dedos y logre evitar otra declaración de amor irreparable y vergonzosa por mensaje de texto…

En la facultad



Alguna vez me tenía que pasar. Por colgada. Por no estar prestando atención cuando la profesora habla. Mi concentración en la clase de hoy ya se había ido por las ramas, como me suele pasar casi todos los lunes a la mañana. Ya había revivido en mi cabeza todos los momentos divertidos del fin de semana. Ya me había imaginado viajando por medio mundo: conocí toda la India y me convertí en hinduísta, fui médica voluntaria durante 6 meses en Nairobi y otras ciudades de Africa, llegué a Barcelona, después hice un intercambio en una facultad de Roma y terminé perdida por otros rincones de Europa. Todas las causas internacionales de las que hablaba mi profesora me gustaban, y ya me había imaginado defendiendo los derechos humanos de todos esos chicos africanos, o como Embajadora de la ONU, resolviendo los conflictos en Libia con los grupos armados. Pero ahora mi cabeza estaba en la ensalada que me iba a pedir al mediodía cuando llegara a la oficina. Rúcula, tomates secos, queso parmesano.. No, no. Mejor la de zanahoria, huevo, tomates, palta y.....¿qué más le faltaba? Y de rebote, la profesora, que se sabe todos los nombres, interrumpe de golpe mis pensamientos sobre la ensalada casi condimentada: "Sofía, ¿qué se planteaba en el caso de Alemania-Holanda? Todo pasó en una milésima de segundo. Inevitablemente antes de poder responderle dije: "Chauchas" en voz alta. 

En la ducha



Mis amigas no me dejan que pida ni una cuchara cuando estoy sentada en la mesa. Hacen que me levante y la busque por mi cuenta. Aunque ellas estén más cerca de las servilletas y quiera una, hacen lo imposible para que me mueva. Todo empezó el verano en Ecuador cuando me estaba bañando con agua fría, que encima casi ni salía. Cuando estoy por ahogar mi pelo en shampoo veo que en el Pantene no había más que un par de gotas desgastadas, y le pido a alguna que me salvara antes de que se cortara el agua. Una amiga me trae un shampoo en sobre, de esos que vienen pegados en las revistas y terminan siendo los salvadores. Después de varios intentos de abrir el sobrecito de shampoo me doy por vencida y pido "si alguna me pasa una tijera por favor que no puedo abrirlo y también me falta jabón". La única respuesta que recibo fue "abrilo con la boca, no seas goma". Ya lo había requetemordido y seguía sin poder succionar ni una minúscula gotita de Sedal. Encima estaba temblando de frío. Insisto. A los gritos. "UNA TIJERAAAAAA POR FAVORRRRR O ALGUNA QUE VENGA A ABRIRLO. Y TAMPOCO TENGO JABON!!!!" Escuché el salvador "Ahí voy". Pero al segundo una de mis amigas dijo "No, no. Quedate acá. Estamos alimentando a un parásito, no dá". No lo podía creer. Encima que había sido la única vez que no había cantado bañarme primera y les había dejado el lugar sin ninguna condición o a cambio de una cerveza . Después de quinientos intentos logré abrir el bendito sobre y me bañé en dos minutos, con tres gotas de agua fría y varios grillos espiándome desde una silla. Salí y las caras de mis amigas esperaban el grito de enojo aguantándose la risa. Sólo les dije "Pueden curtirse". La carcajada se les escapó igual, era predecible. A partir de ese episodio no me dejan pasar una más. Por suerte hay algunas que todavía nunca se enteraron y no me tratan de parásito. Cuando estoy con ellas aprovecho para pedir cosas desde la mesa, sin levantarme y sin hacerme ningún problema.

En la clase de francés



Nos cambiaron a la salle del tercer piso. Los bancos son individuales y están ordenados formando un semicírculo. Elegí el que está cerca de la puerta, dado que soy bastante inquieta y siempre necesito "ir al baño" en algún momento determinado. En frente mío hay un ventana que ocupa casi la mitad de la pared. Lástima que a las siete de la tarde ya sea de noche; no hay suficiente claridad para pispear a través del vidrio cosas que me puedan distraer cuando me aburro de escuchar tantas oraciones en francés. Pero en la última media hora de clase alguien prendió la luz y corrió las cortinas de la ventana vecina aburrida. Para el bien de mi curiosidad apareció un muchacho que daba bastante de qué hablar (como diría mamá). Salió al balcón de la ventana, en jean y remera y el teléfono en la oreja, mientras con las dos manos levantaba una maceta. No sé si fueron mis hormonas en el auge del período o solamente la intriga por ver qué hacía ese chico, pero empecé a imaginarme miles de escenas de amor-hot-película con  el personaje de la ventana vecina. La profesora hablaba de los devoirs para el fin de semana. Yo hacía que la escuchaba, pero seguía mirando de reojo al Brad Pitt morocho (por lo menos en la oscuridad no estaba nada mal) La mejor parte fue cuando entró al comedor, dejó las cortinas abiertas y se empezó a sacar la remera. La peor parte fue la verguenza, propia y ajena, cuando la profesora se dio cuenta de que mis ojos y mi atención estaban en otro planeta. Por favor que no se levante, que no se asome a la ventana, que se quede ahí en su escritorio bien sentada. Pero ya era tarde. Ella y todos los compañeros de la clase miraron a través de la ventana, y el vecino no sólo se había sacado la remera: ahora directamente estaba en underwear... Me gané la risa de la clase entera. Ah, también un par de ejercicios extras. Y las palabras finales de mi profesora, que igual está medio loca: Mon petit Sophie..vous devez payer plus d'attention en classe. D'abord, vous êtes dans l'amour, ensuite parce que vous vous endormez, et maintenant parce quevous êtes curieux .. Je ne sais pas quoi faire. Le dije que no se preocupara, que en la próxima clase me sentaba en el banco de espaldas a la ventana.

Bendito celular II


Además de Chof y mamá, en los números gratis que tenía mi plan de Movistar, agregué a mi ex novio, actual en ese entonces, obvio. Después de terminar la relación de tres años, me llevó varios meses borrarlo. Pero eso también formaba parte de lo que pasa después: como cambiarme el estado de facebook de "in a relationship with.." a "single" y que esos contactos que sólo me cruzo en el boliche de vez en cuando me pregunten: "¿en serio cortaron con Fulano?". A partir de ahí con los chicos que siguieron, aunque todos fueron pasajeros (salvo el rugbier y el protagonista de este relato) decidí no involucrar los sentimientos con el celular por un buen rato. Prefería mantenerlos alejados de todas las redes sociales y que no quedara ningún tipo de enganche ni siquiera para hacer sociales por mantener formalidades. Pero un día apareció alguien que no parecía ser sólo un chape como antes. Hablábamos y nos mandábamos mensajes todos los días y me puso como número gratis en su celular después de las primeras salidas. Entiendo que me gusta hablar y puedo llegar a ser un presupuesto, pero igual me encantó el gesto. El pez por la boca muere, y finalmente me tenté e hice lo mismo con él. Así volví a tener entre mis números gratis un "él" que no fuese ni papá ni mi ex. Igual nunca se lo conté. Sólo lo sabía yo, y algunas amigas, porque al fin y al cabo ese gesto tenía que ver con una relación que iba más en serio. Y tengo que admitir que por momentos eso me daba un poco de miedo. La cuestión es que el tiempo pasó y también pasó esa relación. Pero lo que no pasó por mi cabeza de novia fue dar de baja su número, por razones obvias.Recién el otro día me acordé: todavía lo tengo gratis desde octubre del 2010. Aunque no fuese exactamente igual, me hizo acordar al momento en el que tuve que sacar a mi ex del celular. Me acuerdo que mi prima me había dicho: "es como una curita. Te la sacás y chau. Sólo queda la cicatriz, que con el tiempo se va". Llamé a Movistar y para variar necesitaba crédito, que no tengo, para darlo de baja del plan... Todavía está ahí, riéndose de mi, gratis, pero sin usar. Por lo menos hasta que se me renueve el crédito y lo pueda cambiar.

Bendito celular



Me pasó cuando salía con el rugbier. Uno de tantos. Pero éste era el que más había durado. Aunque ya estábamos en la etapa de "o nos ponemos de novios o cortamos", que terminó siendo un "mejor veamos qué sigue pasando pero así como estamos". Y lo que siguió pasando, que no viene al caso, se transformó en escenitas de celos por parte de ambos, en discusiones, en cachetadas borrachas, en que nos gustamos, es obvio, en te quiero pero al mismo tiempo te odio. Decidí dejar de verlo y tomarme mi propio tiempo. No era mi mejor época por cierto, y bastante mal le había hecho sin merecerlo. Pero un viernes cualquiera, después de meses de haber guardado al rugbier en la heladera, me llega un mensaje con una invitación de él. Había juntado bastante coraje por decirlo de alguna manera, porque después de todas las escenas de novela de las que había sido víctima, nunca entendí por qué me siguió buscando. Por ahí era masoquista o se hacía el macho. Me invitaba al cine, a ver la segunda parte de la película que habíamos ido a ver hacía un año, cuando recién nos gustábamos. "Tenemos que ir juntos" Y aunque yo ya estaba en otra historia no puedo negar que se me hizo agua la boca. Pero no podía verlo, tenía miedo de tratarlo mal de nuevo. Dejé pasar el cine y otro buen tiempo. Como todavía me llamaba lo puse en la opción del celular de "Llamadas filtradas". También los mensajes, por las dudas de que le volviera el coraje. No era por orgullo ni por despechada; en el fondo todavía me gustaba. Pero pensaba que lo mejor era mantenerme alejada. Hasta el día que dije basta. Tenía ganas de verlo. Moría por darle un beso y no quería seguir reprimiendo todo eso. Le mandé un mensaje un miércoles a la tarde. Esperé con nervios durante diez minutos pegada al teléfono. Nada. Seguí haciendo mis cosas en la computadora, pero bajaba la vista de vez en cuando y no había señal en el celular que tenía apretado en la mano. Al final lo terminé apagando porque me ponía nerviosa seguir esperando. Pasaron un par de horas, lo prendí y dije ahora sí. Pero era como si el rugbier hubiera dejado de existir. A la noche voy al cumpleaños de una amiga y tengo el celular todo el tiempo cerca por si aparecía alguna señal de vida. No era de obsesiva compulsiva, era culpa de esa historia que fue bastante interminable y viciosa. Ya eran las doce de la noche. Decido dejar por un rato el orgullo de lado y le mando otro mensaje para que se diera cuenta que de verdad lo estaba buscando.  Vuelvo a casa y me voy a la cama sin ninguna respuesta ganada. Al otro día me despierto con bronca, y decido mandarle un mensaje bastante enojada sin importar la hora. No contestar seguía de moda. A la tarde estuve a punto de llamarlo. Es que siempre habíamos quedado que pasara lo que pasara si alguno escribía o llamaba no valía jugarla por el lado de la ignorancia. Antes de llamarlo me quedo leyendo unos mensajes de texto y, cuando quiero ir a la carpeta de "Mensajes eliminados", sin querer aprieto una tecla de más y termino en "Mensajes filtrados"¿¿Mensajes filtrados?? Entro por curiosidad y la sorpresa de esa carpeta me dejó con la boca totalmente abierta: cinco mensajes del rugbier en espera... No podía creer que se me hubiese pasado el detalle de esa vez, cuando decidí filtrarlo porque pensaba que así iba a estar bien... Ahora el que se había enojado era él.. Eso me pasa por histérica, por haberlo puesto en la heladera y después querer derretirlo como un chocolate cualquiera..

En la puerta del boliche


Estábamos en nuestro mejor momento. Hace un par de años atrás más o menos. Pero todavía éramos un poco celosas y caprichosas. Lo peor de todo es que mi amiga y yo estábamos demasiado sobrias cuando decidimos abandonar el preboliche a las dos y convertirnos en Watson y Sherlock Holmes. Averiguamos todas las maniobras del grupo de chicos que nos gustaban y nos tomamos un taxi hasta la puerta del boliche sólo para espiarlos sin que se dieran cuenta dónde estábamos. Nos quedamos escondidas en el hall de entrada de un edificio en la otra cuadra, nos asomamos con mucho cuidado y ahí estaban. El de ella y el mío. Nosotras nos moríamos de frío, pero no importaba, sólo queríamos verlos aunque estuviesen de espaldas. De repente vemos que uno de ellos saca del bolsillo su celular, marca un contacto y se lo lleva a la oreja listo para hablar. Casi me agarra un pre infarto cuando escucho que es mi celular el que empieza a sonar. Me estaba llamando. La miro a mi amiga, nos escondemos mejor, pero ¡¿¿atiendo o qué hago??! ¡Decime vos! Ellos seguían de espaldas, no nos veían, asique era imposible que nos hubiesen descubierto en el papel de espías. Decido no atenderlo, por los nervios. Pasó un poco más de media hora y a nosotras nos agarró un ataque de risa descontrolada. Hasta que volvimos a fijar las miradas en nuestros candidatos y no los encontramos. De repente había más gente y lo que pensábamos que era la cola para entrar a la fiesta era una pelea, y en el medio de las piñas encontramos como Wally a nuestros dos queridos rugbiers. Esperamos que terminara esa cosa de hombres innecesaria y cruzamos de cuadra, como si nada, como recién llegadas a la misma fiesta, como si se tratara de una coincidencia. Y nos salió muy bien la jugada: uno con el ojo lastimado sólo quería irse a su casa, la vio a mi amiga y enseguida se le dibujó en la cara una sonrisa. Y el mío me saludó con un abrazo de esos lindos y largos y me dijo que me había llamado, que por qué nunca le había contestado. Le tuve que decir que nunca lo había escuchado. Al final nos fuimos juntos. Me gané un buen par de besos y un desayuno. 

En la Biblioteca Nacional


Estaba estudiando. O mejor dicho, intentando. La Biblioteca Nacional siempre me resultó un buen lugar para mantener la cola en la silla cuando no me puedo concentrar. Las mesas llenas de apuntes, libros, resaltadores, mates, cuadernos, biromes; el silencio le gana al de misa, sólo se escucha el crunch crunch de alguno masticando una galletita o el ringtone a todo volumen del que se olvidó de poner el celular en modo vibrar; la mayoría se concentra en sus hojas y no levanta la cabeza ni aunque vuele una mosca. Lamentablemente no es mi caso. Aunque lo intente por un rato. Más de una hora seguida y me quedo dormida. Igual me despierto rápido y sigo estudiando. Aunque a partir del episodio del otro día voy a empezar a controlar mis ganas de quedarme dormida en lugares públicos que no sean la oficina... Era hora pico para la Biblioteca y estaba llena. La mesa la compartía con una japonesa y un muchacho que ayudaba a que mi distracción aumentara de sobremanera. Pero después de una hora seguida de leer y retener información los párpados se me empezaban a caer. Ya fue, dije. Me duermo quince minutos y después me tomo un café. Crucé los brazos sobre la mesa y apoyé la cabeza. Y dormí profundamente, con sueños y todo. Pero de repente me desperté asustada o como si hubiera tenido una pesadilla de esas raras. Lo que me hizo despertar de un salto fue un ruido bastante fuerte y largo: tenía la boca abierta y estaba babeando la mesa, pero antes de darme cuenta de eso me despertó nada más ni nada menos que el sonido de un eructo. Sí, dormida como estaba fui capaz de tirarme un eructo adelante de la japonesa aplicada, al costado del chico caño y en frente de toda la otra gente que, en el medio del silencio velorio, miraban todos de reojo. Al principio pensé que lo había soñado. Pero no, era bastante claro. Los compañeros de mi mesa me estaban mirado, y yo lo único que quería en ese momento era no levantar la cabeza. La misma cabeza en la que me retumbaba el ruido del eructo en cámara lenta. Qué horror. Qué horror. Qué horror. ¿Habrá sido tan fuerte el sonido como lo escuché yo? ¿ O era el eco el que había causado ese efecto? Ni idea, pero ya había juntado valor y levantado la cabeza. Había un charquito de baba en la hoja rayada y los de la mesa de en frente todavía miraban con cara rara. No tenía mucha escapatoria pero me fui a comprar un agua y caramelos Sugus, porque seguir ahí sentada con las miradas clavadas como la chica del eructo no me causaba ninguna gracia. Pensaba que ya estaba a salvo, pero me equivocaba. En el camino se me acerca un chico y me dice de lo más divertido: "Te vi cuando te tiraste el eructo mientras estabas dormida. Te juro, fue lo mejor que me pasó en el día". Listo.

Comida de parejas


"Reservate el viernes a la noche que hacemos pizzas a la parrilla. Es en casa, pero no es comida de amigas. Somos Gonchi, Pilar, su hermano, el mío, vos y yo". Buenísimo, le digo a mi amiga Sol. Pero era primera hora de lunes en la oficina y la invitación me agarró bastante desprevenida. En ese momento no pude darme cuenta de las conexiones de amor y levante entre los futuros comensales: sabía que Sol moría por el hermano de Pili, y también me acordaba que Pili moría de ganas de revivir la historia con el hermano de Sol que habían tenido cuando coincidieron un verano en Cariló. Casualmente todos estaban de novios y habían cortado hace muy poco. El que no me cerraba para nada era Gonchi. Hasta donde yo sabía estaba de saliendo con Agustina. Llamo por teléfono a la futura anfitriona de la comida, el mediodía del viernes, cuando me acordé de la invitación de las pizzas: "¿Qué onda curte Gonchi hoy a la noche?" Y ahí estaba la respuesta que me imaginaba: "Ah, es que se pelearon con Agus, te acordás, la novia, seguro la viste alguna vez, bueno no importa, está bastante bajoneado y pensé en invitarlo. Además acordate que siempre le gustaste". Bajo ninguna circunstancia pensaba ir a una comida de parejas minuciosamente preparada. Nunca me gustaron esos tipos de eventos, por lo menos a esta edad me parecen un poco siniestros. Ya me va a llegar el momento de sentarme a comer con otras parejas, llevar un postre casero,  ayudar a levantar la mesa, y hablar del trabajo y otros temas. Pero no lo pienso hasta las vísperas de mis treinta.En fin, igualmente a pesar de mi atípico pesimismo y mi antiparejismo, tenía que ir. Viernes, nueve de la noche. Me pinté una sonrisa en los labios y salí con el auto. Así evitaba depender de alguien y además podía tener una excusa fácil para irme antes. Que de hecho la tenía, "el cumpleaños de una compañera de la oficina". Llego a la casa de Sol y veo a una de las parejas llevando unas cervezas a la mesa. Mejor entro por la puerta de atrás. Afuera estaban sentados el hermano de Sol y Pilar. Paso a saludar y mientras me preguntan cómo estás, escucho una voz de mujer que no pude reconocer. Pili se da cuenta de mi cejas fruncidas y mi boca con pico de pato, y me dice: "Ah... ¿no te contaron? Gonchi se arregló con Agus, vino con ella, pero fue sorpresa". Listo. Yo no sabía cómo iba a esconder en la mesa mi cara de suplente en el banco de afuera. Cuando estaba a punto de pegar la vuelta y de inventar la peor excusa del planeta aparece el principal culpable con su novia radiante. Me saludan como si nada, total no me habían dejado tocando el violín y todos los otros instrumentos que puedan existir. Me daba ganas de decirle a Gonchi que se le caía la cara de tarado. Que por lo menos hubiese esperado al sábado para volver con la novia y no dejarme como Bridget Jones en la escena en la que todos están de la mano con su pareja y ella es la única que no está cuerda, supuestamente porque no sienta cabeza. Y encima la ubican en la cabecera de la mesa. Por suerte esa parte la evité por mi cuenta y me senté entre medio de una de las parejas. Sol me miraba con cara de perdoname, perdoname, perdoname. Ya está. Pasame una porción, de la que tiene champignones y jamón por favor. Al mal tiempo buena cara. Y al final la excusa del cumpleaños de la oficina me salió mejor de lo que creía. Se convirtió en una salida improvisada con un amigo que me salvó sin saberlo en el mejor momento: después del helado de dulce de leche y antes de la sobremesa con manitos por abajo de la mesa y los cuentos de amor de cada pareja.

En una isla griega


Fue en el verano europeo, en una isla en el medio del mar Egeo. Los programas familiares eran rutina impostergable. Ir al bar más canchero de toda la playa, en frente del mar, presidido por el barman que se robaba todas las miradas del lugar, también formaba parte del itinerario familiar.Eran las siete de la tarde. La mejor hora en Grecia para quedarse flotando un rato más en el agua, haciendo la plancha, queriendo tocar con las puntas de los pies el cielo que va cambiando de color de naranja a rosa hasta el final del atardecer. Mamá me hace señas desde la orilla de arena clara para que saliera del agua. "¿Vamos a tomar una cerveza a la barra? ¿Dónde está tu hermana?" Y fuimos las tres mosqueteras a pedir en inglés tres porrones de cerveza. Mi hermana y yo estábamos embobadas por el barman. El nos pregunta los nombres, de dónde sómos, nos cuenta que es fanático de Messi y del polo y para quedar como el rey de los Don Juan de toda la especie humana la remata con ¿son las tres hermanas? Pedimos una picada. El barman sigue atendiendo a la gente, pero la onda es relajada. No hay apuro, no hay reclamos, sólo hay buena vida de playa. En el medio de los vasos y los pedidos extranjeros, delega su trabajo a uno de sus compañeros. Se sienta con nosotras. Yo estaba chocha. Pero he aquí la cuestión: parece ser que al muchacho le gustaban las mujeres que pasaban los 42... Y mamá, creyéndose ella misma que era como una hermana, practicaba el idioma local con el flamante barman. Sonrisa por acá, otra cerveza por allá,  ya nos esperaba el resto de la familia para comer en la terraza con vista al mar. La escena del barman y mamá fue LA anécdota de la mesa familiar. Papá se reía y no aparecía ningún indicio de celos en toda la comida. Pero al otro día, cuando volvimos al bar con mi hermana, mi prima, y mamá, (que no podía faltar) casualmente también quiso venir mi papá. Claro, la sonrisa del Rey Don Juan se empezó a desdibujar cuando nos vio llegar a su bar... Ahora, el de la sonrisa triunfante, era papá.