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Al lado del camino


No entiendo por qué esos miles de ojos africanos abandonados y el hambre traspasando los huesos. Cómo es que hay deudas mundiales por números irrisorios y en el norte argentino la mamá de Antonia cuenta las monedas para comprar el pan del desayuno. No entiendo la ambición desmedida por el poder. No entiendo el odio ( in) humano. No entiendo las guerras ni el abuso sobre vidas inocentes. No entiendo por qué la cama del señor de Quintana y Callao son seis baldosas que le curten de frío la espalda cada día un poco más. No entiendo qué pasa por la cabeza de todas esas personas que se apropian de vidas ajenas. No entiendo la envidia que enferma la sangre. No entiendo la competencia constante mordiendo los logros de otras personas. No entiendo las manos secas y la piel cansada de esa parte de mujer que con 15 años levanta pedazos de cartón de la calle. Cómo es que hay gente que se llena la boca de burbujas importadas y escupen todas esas críticas políticas sin fundamentos sólidos. No entiendo todas esas personas que religiosamente parpadean una hora de misa cada domingo y después miran de reojo al que tiene otro color de piel, y por las dudas cruzan de cuadra. Sólo por las dudas. No entiendo cómo puede existir tanta perversidad en la mente humana. No entiendo el tráfico de drogas. Ni el de armas. No entiendo la trata de personas. ¿Cómo es que llegamos a codearnos con este tipo de insania? No entiendo la sonrisa de esos pies chiquitos, descalzos, que inventan una pelota con la parte de abajo de una botella de plástico. Corren con una sonrisa, aunque tengan la panza vacía y no conozcan el sabor del chocolate, aunque no sepan si esa noche van a encontrar un hueco sin viento en la puerta de algún edificio para cerrar los ojos y acurrucarse contra el mármol frío hasta la mañana siguiente. 

Al final de este viaje


No entiendo por qué algunas personas tienen que despegar los pies de la tierra antes que otras. No entiendo quién decide, si Dios o el destino, que ya está escrito cuánto dura nuestro paso por el mundo mientras estamos vivos. 


No entiendo por qué Delfi tuvo que morir justo cuando había encontrado la felicidad que la empujaba a vivir, con sólo 16 años, cuando volvía de Chaco con una sonrisa plena, las manos llenas de tierra y el corazón desbordado de amor por cada uno de esos chicos desprotegidos que eran su única canción. 


No entiendo por qué Benjamín también estaba en esa ruta y no pudo sobrevivir. En el cuaderno que encontraron estaban sus últimas palabras escritas a mano: "Aceptá el cambio y sacá lo mejor. Y que nada te haga perder tu luz interior"


No entiendo por qué tengo amigos que siendo tan chicos ya no tienen a sus papás acá, que no puedan compartir más con ellos todo lo que antes habían vivido: los partidos de fútbol, las sobremesas, el rugby, una cerveza, los viajes, el mate a la tarde, las palabras sabias de un padre. 


No entiendo por qué tengo amigas que ya no pueden despertarse con el beso de su mamá mientras están dormidas, por qué no pueden seguir compartiendo las charlas como mejores amigas, disfrutar las comidas hechas por ella, compartir la ropa nueva, llorar juntas el final de una película o tener ese abrazo cálido cuando lo necesitan. No entiendo por qué tienen que pasar por eso teniendo sólo 23 años o menos. 


No entiendo por qué le toca el cáncer a la amiga de mamá, si ese año estábamos comiendo todos juntos en frente del mar, y ella se reía sin parar, con esa sonrisa rubia que contagiaba a todos los que estábamos en ese lugar. Por qué de un día para el otro cambió todo, por qué el contestador en el teléfono y el dolor hecho lágrimas apretando el pecho. Ayer a la tarde dejó de respirar. Fue en ese mismo mar en donde sus hijos dejaron las cenizas de su mamá.


No entiendo por qué el tumor en el cerebro de un compañero del colegio. No entiendo por qué los hermanos tienen que sobrellevar el dolor de ya no poder seguir los cuatro juntos hoy.


No entiendo por qué el cáncer también le tocó a Lucía, con sólo 24 años de vida. Admiro cómo hizo para llegar hasta el final con una sonrisa. Una sonrisa que iluminaba a cualquier persona que la veía.


No entiendo cómo es dejar de respirar y que ni el mejor médico pueda hacer algo para salvar a todos esos papás, esas amigas, todas esas mamás, y todos los demás. 


No entiendo por qué unos si y otros no. No entiendo por qué no puedo morirme yo, y no cualquiera de todos ellos y que tengan que sufrir muchas de las personas que quiero. No entiendo por qué el cielo, no entiendo por qué hay un puente que se llama muerte, no entiendo por qué los accidentes, no entiendo por qué los finales empiezan antes, no entiendo por qué el cáncer y los tumores cerebrales, no entiendo por qué el dolor en vida. Todavía no entiendo el valor infinito de seguir viva. 

No existen los problemas



Se me pegó un chicle en el pelo y entre algunos pataleos y llantos me tuvieron que cortar un mechón bastante largo. A Vicky, mi prima, le raparon su pelo negro lacio hasta la cintura, sin aviso ni condición, un minuto antes de la operación. 

No quiero comer más helado, ni chocolates, ni alfajores, ni papas fritas en todo el año, o por lo menos hasta no tener tantos kilos de rollos acumulados. Al ahijado que apadrina mamá en India lo internaron por desnutrición de primer grado. 

No paro de discutir con papá, me molesta cada cosa que me dice y no aguanto seguir sentada en la sobremesa para hablar. El papá del chino murió hace un par de años atrás. El de Fede también, un domingo a la tarde, de repente dejó de respirar. 

No me gusta el pepino en la ensalada, ni nada que tenga carne picada. El señor de Santa Fe y Libertad desayuna los restos de comida del tacho de basura de la esquina. 

Me llama una amiga y con lágrimas y bronca me cuenta que la bocharon en un final. A mi todavía no me salieron las materias, no sé si voy a poder cursar, y a Justo directamente lo rebotaron en el ingreso a la facultad. 

En casa cortaron por dos días el agua caliente. A la noche me baño con piel de pollito quejándome. Leo en el diario que unos 300 millones de africanos carecen de acceso a agua potable y al menos catorce países del continente sufren un déficit de agua permanente.

Camino ajustada en un vestido nuevo y me miro las uñas recién pintadas. Me quejo porque se me corrió el esmalte en la del dedo chiquito. Al lado mío dos chicas juntan cartón y tienen la remera transpirada de trabajo y las manos curtidas por rasguños y callos.

A veces por obsesiva me molesta encontrar monedas sueltas en las carteras. Los chicos sentados en los escalones de la Iglesia festejan cuando se tropiezan con una moneda de un peso en la vereda. 

Me molesta que mamá entre a mi cuarto sin golpear la puerta, o cuando me hace preguntas como si fuera una nena. La mamá de Luli ya no está con ella.

No me sale perfecto el saque de tenis. No aguanto corriendo más de 4 kilómetros seguidos. A veces en la pileta me da fiaca nadar. Vicky todavía no volvió a caminar.

Así estamos





Montevideo y Juncal. A un centímetro de mi cara "Qué buenas tetas mame"
Montevideo y Santa Fe "Qué buen culo que tenés, te parto en tres "


¿Qué les pasa por la cabeza a los hombres cuando abren la boca?
¿Es que no se dan cuenta que ya es ordinaria su debilidad por el sexo opuesto a cualquier hora?
Dejando de lado que el primero seguramente estaba borracho y veía todo por dos, o tenía demasiado aumento en los anteojos y ni se percató..


No soy una mina feminista pero a veces no entiendo esa hombría descocida, rebalsada de vulgaridad, con esos comentarios tan fuera de lugar. 
Tampoco es de frígida. Ahora que me acuerdo, una vez salí varios meses con un chico que no me tocaba ni las orejas. Gracias que respondía a los besos, pero ni siquiera eran de esos apasionados y acalorados hasta los huesos. A lo que me refiero es que tampoco me inclino a los extremos.


Pero estoy chapada a la antigua y prefiero los piropos cruzando la avenida, de esos que quedan pocos, de los que me cambian el color de los pómulos y me hacen sonreír con decoro. 


No se puede generalizar, pero es verdad que cada vez hay más basura visual, más de lo fácil e inmediato, y menos parejas de la mano. 
Pareciera que los ideales de las mujeres, y por qué no de los hombres, se van evaporizando, y todo se reduce a "mi sueño es estar con Tinelli en Bailando" o incentivando la falta de valores en Gran Hermano.


Y no digo que estoy colgando del limbo, al margen de la sociedad, a veces espío. Pero es más fuerte lo que me dijo Sábato en ese libro que encontré en la biblioteca de mi hermano, y entonces resisto, me quedo con lo distinto.


Son elecciones, cada uno sigue sus propias pasiones. 


Yo sentí en mis venas a Juana de Arco, y recorté las mejores cartas de Victoria Ocampo. Ojalá vuelvan a estas épocas los modelos de mujeres enteras, firmes en sus valores, con todas las letras.


Creo que la cultura se está empobreciendo gradualmente mientras hay personas invisibles que se alimentan y se enriquecen de la ignorancia de la gente.


Au revoir, mejor me voy a almorzar.

Solo por hoy


Que apagues la luz, que la sordera de las ambulancias en las avenidas, que la gente es chusma y poco amiga, que el apuro por llegar a la oficina, que las baldosas flojas que salpican, que no hay miradas encontradas, que la calle está aletargada, que las familias marginadas, sin casa, sin comida, sin agua, que los papeles en el piso, que el humo del cigarrillo intoxicándome los sentidos, que la cartera apretada y los ojos en la espalda, que la Blackberry tatuada, que no te escucho, que qué te pasa, que los colectivos siguen de largo, que la gente está asustada, que la puta madre no hay subtes y la 9 de Julio está cortada, que perdón no lo ví, que no gracias, que otro día, hoy estoy a las corridas, que dónde está el cielo, que me tienen los ovarios por el suelo, que las palabras desubicadas, que el veinte por ciento de descuento, que ahora no puedo, después te cuento por mensaje de texto, que la mala onda, que no se termina más la cola, que uno de estos días, que me decís la hora, que no tengo cambio, que cada vez hay más autos, que cerrá la ventana y poné el seguro, que por Florida no se puede caminar, que pará con la bocina, que se agarraron a piñas, que no hay más súper solo nos queda fangio, que el teléfono sonando, que ¿cuánto?, que hace calor, que para qué la transpiración, que dale que no tengo todo el día para vos, que dónde dejé las llaves, que necesito un poco de aire, que si puedo te aviso más tarde, que me robaron la billetera, que la seguridad es una mierda, que la gente se habla a los gritos, que la competencia, que me duele la cabeza, que hay piquete, que el odio entre los dientes, que si hay inflación que no se note, que ¿dónde? que no hay monedas, que la droga en las veredas, que la gente es ambiciosa, que no me queda otra, que no llego a fin de mes, que igual que la otra vez, que el taxista está enojado, que el alquiler por adelantado, que el trabajo de cartón, que qué pasó con el gracias y el por favor. Basta. Sólo por hoy.

El mundo de hoy


¿Quién dice que la vida sólo se trata del trabajo de oficina,
de elegir una carrera que cuaje con nuestro perfil de aquellos que nos miran siendo meros expectantes de un final ajeno a sus vidas?

¿Quién dice que la vida sólo se trata de envainarse en grises de invierno, de rebalsar los bolsillos, las billeteras de cuero y las cuentas en euros, de imitar y apropiarse de estilos, de no intentar ser auténticos?

Lo superficial de a poco me intoxica;
el consumismo, sin previo aviso, me roba la energía.
Los desencuentros,el tic-toc,la hipocresía;
todo es tan banal, todo es de mentira..

Lo que más me fortalece es mi mundo interior,
saber que sólo estoy de paso por el mundo de hoy.
Y como dice un amigo cubano:

"Al final del viaje está el horizonte
al final del viaje partiremos de nuevo
al final del viaje comienza un camino..

Al final de este viaje en la vida quedarán...

los que puedan sonreír
en medio de la muerte, en plena luz
en plena luz, en plena luz..."