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Cigarrillos al diván


Hablemos de ese cilindro de papel blanco y camel. De la sustancia apretada adentro de esa hoja delgada que definen como adictiva en forma desmedida. Hablemos del tabaco, del pucho del cigarrillo o cigarro. Porque saca mi peor parte fumarme el humo de todos los adictos, de rebote y gratis. A ver, fumadores activos, que alguno me explique por qué me tengo que tragar todo el humo de un vicio que no es propio y que es extremadamente incómodo ¿Es que no se dan cuenta lo molesto y asqueroso que es respirar esa nube gris? Sin contar que todo ese humo siniestro me irrita los ojos, me ensucia el pelo, me seca la piel, me llena de un olor desagradable y me penetra los pulmones dejándolos un poco más rotos que ayer. ¿Qué les pasa por la cabeza a los que piensan que es canchero pasearse por todo el boliche con el pucho en la mano? Es un horror. No sólo porque siempre terminan quemando al que tienen al lado sino porque limitan de manera abusiva  mi propia respiración. Y ni hablar de los taxistas que preguntan (si preguntan) si me molesta el cigarrillo. A ver, si abro la ventana me congelo de frío asique sí, me molesta señor. Aguante hasta próximo viaje por favor. Me supera. Me pone histérica. Amenaza mi buen humor. No sé qué parte no entienden los fumadores que con su capricho mortal perjudican a todos los demás. Cuando yo tomo una copa de vino no les tiro la mitad en la cara de ustedes ni les hago tragar el alcohol a la fuerza. Y además, si estoy disfrutando mi vaso de cerveza y ustedes no quieren tomar, no hay nada en esa situación que les pueda llegar a molestar. Ah, y no nos olvidemos del que se está fumando un pucho esperando el colectivo, que lo tira recién cuando está subiendo y tiene la brillante idea de exhalar toda la nube de humo puertas adentro. Siniestro. Por suerte nunca probé el cigarrillo y no creo hacerlo. Llenarme de ese humo totalmente enfermizo, inhalarlo, respirarlo y que se adueñe de mis pulmones y mi voluntad y que encima tenga que hipotecar la salud de los demás... No gracias, paso. Prefiero ser "canchera" con un vaso de cerveza en la mano.

María al diván


Hablemos de las empleadas que trabajan en las casas. De esas mujeres tan desesperadamente necesarias. Hablemos de Mc Mery, como le dice mi prima Lara, la que cocina hamburguesas caseras en vez de empanadas. La que deja los pisos relucientes y el Blem arriba de mi almohada. Hablemos de María, mi empleada amiga. Me animo a decir que me conoce desde que nací, o por lo menos eso es lo que siempre cuenta cuando habla de mí. Tengo el primer recuerdo con ella cuando tenía cinco o seis años y la encerramos en un baño con mis hermanos. Sin embargo sobrevivió a través de los años y hoy sigue planchando religiosamente hasta el cansancio. Durante una época de mi secundaria no me la aguantaba, lo único que hacía era molestarme cada vez que llegaba del colegio cansada y me obligaba a comer dos platos porque estaba muy flaca, o me contaba historias de fantasmas en los pasillos de mi propia casa, y la verdad es que no me divertía para nada. Con los años aprendí con ella el arte de la paciencia y tolerancia, y no me quedó otra que ponerle buena cara. Y así pasó de ser mi dolor de cabeza a mi nueva compañera de buenos oídos y gran consejera. Bueno, lo de buenos oídos es relativo, porque es sorda del lado derecho completamente, entonces hay veces que le hablo y sigue cantando o le pido algo y mira para otro lado. Aunque una vez le estaba hablando del lado del oído izquierdo y siguió entonando a todo volumen a Los Nocheros... Igual lo que intento solucionar son dos problemitas que hacen que desaparezca toda la paciencia que le tengo a María. El primero: cada vez que entro a mi cuarto tengo todo, absolutamente todo, mágicamente reformado. Además de limpiarlo y ordenarlo pareciera que juega a ser diseñadora de interiores, porque los cuadros están todos cambiados, desaparecen los resaltadores que dejo tirados, el teléfono del otro lado, la silla de flores la acomoda cerca de la puerta y trae todas mis carteras al lado de la biblioteca, la foto de mi mesa de luz varía según el día, el ramito de rosas secas lo guarda en una caja y ordena por colores mis pulseras y mis bufandas. El otro dilema pasa por su eterna pregunta que viene antes del "hola" cada vez que abro la puerta: "¿Hay novio nuevo ya?" No hay necesidad. Qué tema recurrente. Es como si en mi respuesta buscara su propia tranquilidad. Me lo pregunta desde hace exactamente dos años o un poco más. Y yo le cuento todas las historias nuevas pero ninguna la deja satisfecha. En una época buscaba la manera de llegar siempre más tarde así no tenía que cruzarla o entraba y me iba derecho a mi cuarto para evitar la pregunta innecesaria. Ayer, con la toalla en la cabeza, le conté que iba al cine con alguien pero me habló sobre el discurso de Cristina en los canales de aire. En fin, le tengo cariño y siempre me trae los mejores libros de un autor peruano poco conocido y paquetitos de lavanda que deja abajo de mi almohada. Pero quiero resolver lo antes posible y de una sola vez estas dos obsesiones reiteradas que, a ella la hacen feliz pero a mi me irritan de manera desmesurada.

Mamá al diván







Hablemos de todos esos interrogantes molestos que mamá repite y repite con el paso del tiempo. Hablemos de esas preguntas que me ponen los pelos de punta. Hablemos de esos comentarios en forma de bocados, con un signo de interrogación al final tan fuera de lugar. Hablemos de las preguntas frecuentes de Malala, mi mamá. "¿A qué hora te despertás mañana Sofita?" Todavía no se acuerda que todas las mañanas, menos el fin de semana, me despierto a las seis y se lo tengo que responder una y otra vez. "¿Qué tamaño de O.B. necesitás que te compre?" No entiende que siempre es el mismo, que no cambia, y que me lo pregunte con un llamado cada vez que está en el supermercado no me divierte demasiado. "¿Nunca te volvió a llamar Fulano de tal?" No, mamá, otra vez no volvió a llamar ni lo va a hacer, asique hacé desaparecer de tu imaginación esa cuestión. "¿A qué hora volvés?” Esa es de sus preferidas. Me la pregunta haciéndose la distraída, cuando estoy con un pie afuera de la puerta por encarar alguna salida. Y siempre le respondo lo mismo. Le digo que vuelvo a las cinco, no se por qué. Alguna vez le voy a decir a las diez de la mañana, a ver si reacciona o no dice nada. "¿Me llamás después de rendir?" Ya sabe que siempre es a la primera que llamo o le mando un mensaje para que sepa cómo me fue, pero igual siempre está en el aire su pregunta como si fuese la primera vez. "¿Qué es de la vida de esa compañera tuya del colegio, cómo se llamaba que no me acuerdo... la rubia, de pelo muy largo, con cara de muñequita... ¿Camila?" Esas preguntas se repiten esporádicamente, pero van cambiando los personajes básicamente. "¿Guada sigue de novia con Nico? No sé cómo hacer para que se acuerde que Guada cortó hacé más de tres años con Nico, y que ahora está de novia con Martincito. "Sofita, ¿cómo hago para que mis fotos de Facebook sólo las vean las personas que yo quiero?" Ante este tipo de preguntas tengo que rebalsar de paciencia por toda la explicación técnica que genera. "¿Estás dormida?" Sí mamá, es domingo y son las nueve de la mañana. Estaba dormida, no hace falta que cada fin de semana te asegures de que estoy adentro de mi cama, ya sabés que te mando un mensaje si no vuelvo a dormir a casa. "¿Dónde está mi pantalón blanco? ¿Vos usaste mi camisa de Ayres? ¿Sofía dónde dejaste mis botas negras altas? ¿No viste mi saco de Wanama?" Esas preguntas son las que más odio contestar. En realidad me hago la tonta, y trato de evitarlas porque nunca tengo una respuesta con la que pueda obviar la culpa y salir intacta. "¿Con quién hablabas tanto tiempo?" Era Chof mamá, no me molestes más. La lista puede seguir hasta el infinito y más allá, pero éstas son las preguntas que encabezan el ranking con mayor intensidad. Y aunque la adore con toda mi alma a mamá, estos signitos de pregunta amenazantes, inquietantes, escondidos por cualquier parte, me ponen nerviosa y dejan al descubierto mi parte menos tolerante.

Los chicles al diván


Hablemos de esa golosina masticable que venden en todos los colores y sabores, casi adictiva, que suele ser la peor enemiga de todos los dentistas. Hablemos de "la goma de mascar", como cualquier película yankee traduciría al español "bubble gum". Hablemos de los chicles ¿Por qué cada vez que me compro una cajita de Topline me dura un minuto nada más? Y no hablo de la duración del chicle adentro de mi boca, sino de la duración de todos los chicles adentro de esa cajita de color verde y rosa, con olor a sandía y menta de mentira. Quiero resolver este problema que me está complicando la existencia: Abro el paquete, mastico un chicle automáticamente y al segundo me aburro y quiero otro, así por lo menos puedo mejorar el tamaño de los globos. Pero pasa medio segundo y voy por el tercero, y enseguida el cuarto, y después pispeo la cajita por adentro y quiero todos los que quedan sueltos. Me tiento y me llevo a la boca los otros compañeros que quedaban ahí solos. Intento evitarlo, pero no puedo. Me superan. Y termino con los ocho chicles cuadrados haciendo crunch crunch en menos de un minuto entre las muelas, en una sola secuencia. Lo peor de todo es que últimamente ni siquiera los ocho chicles juntos me están dejando satisfecha, y siempre estoy a punto de bajar al kiosco y comprarme una cajita nueva.. En realidad sí hay algo peor. El otro día no pude aguantar y tuve que bajar finalmente a comparme otros Topline. Pero en el camino desde el piso séptimo a planta baja el multichicle que tenía en la boca, hacía no mucho más de un cuarto de hora, me aburrió, me lo saqué de la boca y lo tiré por el huequito del ascensor...

Las bombachas al diván



Hablemos de esos recortes de telas y tamaños varios que nos sostienen la cola durante todo el año. Hablemos de ellas, las estrellas de la noche, las que muchas veces le ganan al escote. Hablemos de las bombachas, tanguitas, bombachones, bombachitas, culottes o vedettinas. Porque hoy a la mañana, cuando abrí el cajón de mis bombachas, me sentí bastante decepcionada. No sólo porque no estaban ordenadas, sino porque de repente escaseaban. Sí, es un misterio, pero durante el año pareciera como si las fuera perdiendo. Está bien, había vuelto del campo y seguro muchas todavía se estarían secando. Pero en el verano tenía muchas más que ahora. Por ejemplo, ¿qué pasó con esa de corazoncitos rosas? ¿Y todas las de Zara que me había comprado por tres euros en España? ¿Dónde están las básicas blancas que son tan cómodas? Y las más lindas de encaje negro, y las rojas de año nuevo, ¿qué hicieron?  Ahora soy hija única, osea que a mi hermana no le puedo echar la culpa.. Y mis amigas no usan mis bombachas, que yo sepa, salvo que sea una urgencia. Decidí dejar de lado las incógnitas, ya iba a salir a la luz la verdad, y agarré una cualquiera sin mirar para emepezar a vestirme, y no llegar tarde a la facultad. Pero otra vez la crisis. La bombacha que tenía en la mano era de las que me apretaban demasiado. Y ahí me di cuenta, que todas ellas eran víctimas de una clasificación desparramada por el cajón y sólo algunas muy selectas eran mis preferidas. Estoy hablando de discriminación. Ahí estaban, las que nunca uso, las demasiado ajustadas, la de mala suerte, la de encaje verde que me regaló una tía cincuentona y soltera, y nunca la usé por miedo a que tuviese algún gualicho como el de ella, las que me regaló mi abuela y me quedan grandes, la que no usaría nadie, la que tiene un agujerito del lado derecho, la que se destiñó en el lavarropas y es un intento de color negro, la que no tiene costuras y sólo la uso con un vestido determinado una vez al año, las mini cola-less que en verdad están bastante bien, pero las uso alguna que otra vez al mes. No quería usar ninguna de todas esas, sólo quería a todas mis otras bombachas secándose o a las que habían desaparecido sin hacérmelo saber. Me acordé que en lo de mi prima había dejado varias (limpias). Pero ahora me desesperaba, y me incomodaba tener que meterme en una cola less a las siete de la mañana. ¿Era verdad que Graciela Alfano no usaba bombacha? No sé, pero si era así la envidio, nunca habrá tenido este tipo de trauma divino. En fin, esta semana voy a renovar mi colección de bombachas y deshacerme de todas esas que nunca me dan ganas de usar, ni siquiera en la urgencia de la mañana. Ah, y si alguien encuentra cualquiera de las bombachitas anteriormente nombradas, sería de mucha utilidad si me las hicieran llegar a la brevedad. 

El asado al diván



Provoleta a la parrilla. Papas al plomo. Chorizo al pan. Mollejitas. Bife de chorizo. Vacío. Matambrito. Costilla de cerdo. Bondiola. Lomito. Asado de tira. 

Qué bueno que nunca se me cruzó por la cabeza ser vegetariana. (Mentira)

Una vez sí lo pensé, sólo porque me daban lástima los animales cuando eran bebés. Y porque me imaginaba que la yema del huevo era un pollito deforme, y me daba lástima comerlo, pobre. Y en el sur, cuando papá pedía carne de ciervo... no podía ni verlo. Me enojaba y le rogaba que se comiera sólo la ensalada. También cuado comí por primera vez conejo dije que era la última vez que comía carne, en serio. Pero siempre fue más fuerte que yo, y no pude serle fiel solamente a las verduras y al arroz. Hablemos de todos esos animales cuya tumba es la parrilla.Hablemos de los terneritos, de las vacas, de los chanchitos, de las cabras. Hablemos de los protagonistas a la leña o a las brasas durante el asado en familia. Porque cada vez que pispeo la parrilla no puedo evitar imaginarme la vida de esos cortes de carne . Es siniestro, ya lo sé. Pero pienso, por ejemplo, si habrá llorado el ternero en el minuto antes de estar muerto, o si al chancho le dolían las costillitas o el pechito cuando lo estaban eligiendo. O si al cordero le lastimaron las patitas cuando lo ataron, y por ahí tenía novia y tuvo que decirle que ella corra, que se salve sola. "Sofía, ¿qué te pasa? Tenés cara de haber visto un fantasma". Y como no me gusta que indaguen entre mis pensamientos sueltos, sonrío, cambio la cara de miedo y me preparo un choripán antes que los demás. Total nadie me está viendo, y además tengo prioridad; soy la única que devora el asado con un poco de piedad por el reino animal.