Vos no entendés lo que es volver a tu casa y que tu rancho no exista más. Que un fuego así, lleno de furia, se achure vivas las puertas de madera y que las llamas trepen como latigazos por las paredes hasta hacer estallar en cenizas todos los vidrios. Así, de un cimbrón nomás y perderlo todo. Perderlo todo. Qué vas a entender vos, si tu casa es un pedazo de cartón en el pasto. Lo único que pueden sacarte son los restos de asado que escondés abajo de la tierra, es así Pichicho. Por momentos pienso que hablamos el mismo idioma. Cuando inclinás la cabeza y me mirás con esos ojos negros chapetones. Esa cabeza llena de pulgas que tenés, vení aca Pichicho, saltá, dale, hoy te toca el colchón a vos también. Yo siempre le agradezco a la virgencita, sabés. Los rosales que planté son para ella, aunque la patrona piense que los tengo de presumido, qué va a saber ese bicho bolacero. Yo sé que fue la virgencita la que mandó a Don Aldo el día del incendio. De esa noche no pasaba, sabés. Tenía los riñones que me explotaban del vino, y andá a saber qué cosas gritaba uno que la gente bien parecía como asustada, qué se yo. La calle como panza de sapo y ese frío que te pincha hasta los huesos, ¿viste? Así, nomás. Yo no me acuerdo más que eso, las baldosas flojas, los billetes se los dí todos a Raúl el del boliche: dos cartones al precio de uno. A eso de las 11 ya estaba como chaucha pelada. Y el viento de la calle de piedras que te curte la piel, mirá, así, como las llagas que me deja el tambo. Ese jugo de uva por lo menos me calentaba un poco la garganta, un poco nomás. Pucha que hacía frío. ¿Lo dije ya? Y los árboles por momentos se me venían encima sabés, y los faroles de la calle, ¿cuántos eran? Perdía la cuenta. Los ojos se me hincharon para afuera de tanta lágrima. Que era cosa de china ya lo sé, pero ¿qué le queda a uno si pierde todo? Cuando apareció Don Aldo en la esquina de Artigas yo ya estaba chupado hasta las vísceras, sabés. Ese jugo de uva de mala muerte. Fue ahí cuando el chumbo me salió disparado por la culata y gracias a la virgencita que Don Aldo me subió a su coche. Al otro día yo que pensaba que había estirado las patas ya, pero no Pichicho, acá estaba yo, con ranchito nuevo en este campo que es una bendición de la virgencita, sabés. Yo le voy a estar agradecido a ella y a Don Aldo toda la vida. A la patrona sé que vos tampoco la tragás con cariño, qué le vamos a hacer. Que ella piense lo que le dé la gana, total yo sigo bien derechito haciendo el trabajo pesado del campo, las vacas ya me quieren ¿viste? A mí me gusta montar a pelo a Fuyero y llevarles el mejor maíz. Ojalá algún día la patrona sepa que las noches de franco no me rajo al cabaret todo emborrachado como dice ella y que vuelvo a la mañana destilando jugo de uva. Sólo vos sabés Pichicho que las noches de franco voy al cementerio del pueblo. Y sí, me emborracho de lo lindo pero es la única manera que puedo soportarlo. Sólo vos sabés que el día del incendio mi chinita estaba adentro del rancho y que nunca más pude acariciarla y tener sus ricos besos conmigo otra vez. Mejor vamos al sobre Pichicho, que ya es tarde y la noche de campo se pone amarga.
Mostrando entradas con la etiqueta Todas las vidas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Todas las vidas. Mostrar todas las entradas
Manuel
Vos no entendés lo que es volver a tu casa y que tu rancho no exista más. Que un fuego así, lleno de furia, se achure vivas las puertas de madera y que las llamas trepen como latigazos por las paredes hasta hacer estallar en cenizas todos los vidrios. Así, de un cimbrón nomás y perderlo todo. Perderlo todo. Qué vas a entender vos, si tu casa es un pedazo de cartón en el pasto. Lo único que pueden sacarte son los restos de asado que escondés abajo de la tierra, es así Pichicho. Por momentos pienso que hablamos el mismo idioma. Cuando inclinás la cabeza y me mirás con esos ojos negros chapetones. Esa cabeza llena de pulgas que tenés, vení aca Pichicho, saltá, dale, hoy te toca el colchón a vos también. Yo siempre le agradezco a la virgencita, sabés. Los rosales que planté son para ella, aunque la patrona piense que los tengo de presumido, qué va a saber ese bicho bolacero. Yo sé que fue la virgencita la que mandó a Don Aldo el día del incendio. De esa noche no pasaba, sabés. Tenía los riñones que me explotaban del vino, y andá a saber qué cosas gritaba uno que la gente bien parecía como asustada, qué se yo. La calle como panza de sapo y ese frío que te pincha hasta los huesos, ¿viste? Así, nomás. Yo no me acuerdo más que eso, las baldosas flojas, los billetes se los dí todos a Raúl el del boliche: dos cartones al precio de uno. A eso de las 11 ya estaba como chaucha pelada. Y el viento de la calle de piedras que te curte la piel, mirá, así, como las llagas que me deja el tambo. Ese jugo de uva por lo menos me calentaba un poco la garganta, un poco nomás. Pucha que hacía frío. ¿Lo dije ya? Y los árboles por momentos se me venían encima sabés, y los faroles de la calle, ¿cuántos eran? Perdía la cuenta. Los ojos se me hincharon para afuera de tanta lágrima. Que era cosa de china ya lo sé, pero ¿qué le queda a uno si pierde todo? Cuando apareció Don Aldo en la esquina de Artigas yo ya estaba chupado hasta las vísceras, sabés. Ese jugo de uva de mala muerte. Fue ahí cuando el chumbo me salió disparado por la culata y gracias a la virgencita que Don Aldo me subió a su coche. Al otro día yo que pensaba que había estirado las patas ya, pero no Pichicho, acá estaba yo, con ranchito nuevo en este campo que es una bendición de la virgencita, sabés. Yo le voy a estar agradecido a ella y a Don Aldo toda la vida. A la patrona sé que vos tampoco la tragás con cariño, qué le vamos a hacer. Que ella piense lo que le dé la gana, total yo sigo bien derechito haciendo el trabajo pesado del campo, las vacas ya me quieren ¿viste? A mí me gusta montar a pelo a Fuyero y llevarles el mejor maíz. Ojalá algún día la patrona sepa que las noches de franco no me rajo al cabaret todo emborrachado como dice ella y que vuelvo a la mañana destilando jugo de uva. Sólo vos sabés Pichicho que las noches de franco voy al cementerio del pueblo. Y sí, me emborracho de lo lindo pero es la única manera que puedo soportarlo. Sólo vos sabés que el día del incendio mi chinita estaba adentro del rancho y que nunca más pude acariciarla y tener sus ricos besos conmigo otra vez. Mejor vamos al sobre Pichicho, que ya es tarde y la noche de campo se pone amarga.
Cristina Van Gelderen
Un domingo por mes íbamos a Flores. Mi abuela vivía en la
calle Bonorino, al lado de esos kioscos con rejas que todavía venden chupetines
con sabor a coca-cola y gomitas sueltas en bolsas transparentes. Había que
subir por escalera hasta su departamento. No tenía ascensor. Creo que era el
quinto piso, nunca supe bien; subía de memoria saltando de a dos los escalones.
En su puerta siempre había un plato con veneno para ratas. A mí me gustaba
dejar el dedo apretado en el timbre antiguo hasta escuchar los gritos de ella protestando
desde adentro. No sé por qué me la acuerdo en camisón. Pero casi siempre estaba
vestida. Le decían "Quenena". Usaba calzas verdes; las piernas de
tero terminaban en unos mocasines en punta. Siempre con plantillas. Las camisas
largas con hombreras y las uñas violetas. Las uñas eran perfectas. Mi hermano
siempre le pedía que le rascara la espalda. El pelo religiosamente peinado con
ruleros. A veces rojo, a veces rubio. Dependía de su humor. Cada vez que iba a
Bonorino me fascinaba recorrer los rincones del departamento. La colección de
patos en el living que mi hermana no se cansaba de desordenar. Un día
aparecieron todos en el baño. El banquito de roble. Los discos de Luis Miguel,
toda la colección. No tenía fotos de mi abuelo. Tampoco me hablaba de él, sólo
si le preguntaba alguna anécdota. El armario repleto de esmaltes de colores era
mi perdición. Siempre me regalaba alguno. Los muebles de madera de la cocina,
creo que nunca los abría. Sólo el que estaba arriba de la mesa. Guardaba varios
billetes en un frasco de cerámica y sobres de azúcar y sal. En el freezer nunca
faltaba helado de frutilla y chocolate. Por la ventana del lavadero se podía
espiar al gato gris de la vecina caminando por los bordes de la terraza. Tenía
un cuarto de huéspedes pero siempre vacío. Yo entraba de vez en cuando; me
gustaba jugar con la balanza antigua y la mesa de coser. También tenía una
bicicleta fija con un par de alpargatas colgando en el manubrio, eso era todo.
Nunca pude imaginarme a mi abuela pedaleando y transpirando ahí arriba. Su
cuarto era la parte que más me gustaba. La cama antigua y alta, y el cubrecama
siempre blanco. Quenena dormía del lado derecho, y la tele al lado. Los fines
de semana se deprimía porque no podía ver a Susana. Sabía todo y de todos los
del mundo del espectáculo. Hasta los nombres y fechas de nacimiento de los
hijos de cada famoso. Me acuerdo del día que me llamó a las primeras horas de
la mañana, eufórica, sólo para contarme que a la hija de Andino le habían
puesto Sofía. En su mesa de luz siempre había una libreta verde. Más tarde supe
de su lado poético. Siguió escribiendo hasta el último día de sus días. Creo
que nadie lo vio venir. Una tarde fue la caída después de bañarse y siguieron
los horarios de visita en terapia intensiva y el olor a las paredes de
hospital. Quenena no me reconocía, pero me seguía hablando de los famosos y de
Susana Gimenez desde su nueva cama. Me contaba que a la noche tenía clases de
tango y que tomaba cerveza al mediodía. Las enfermeras la trataban bien. Lo
único que le molestaba era tener las uñas despintadas. A veces se hacía la
dormida cuando entraban a visitarla. Yo estaba inamovible en la silla del
cuarto y me daba cuenta cómo entreabría un ojo cuando nadie la veía. Mi abuelo
Otto se estaría riendo desde algún lugar. La madrugada del 21 de diciembre dejó
de respirar. Unas horas antes mamá envolvió con sus dos manos los pies fríos de
mi abuela. Estaban casi azules. Ví la mirada de mamá y todas sus lágrimas. De
esta noche no pasa, me dijo con la voz quebrada. Me acosté en su cama, del lado
izquierdo y la abracé. La abracé hasta sentir los latidos lentos y constantes y
saber que era la última vez. Sé que muchos de sus nietos no la conocieron de
verdad. Sé que ella no se dejó conocer de verdad. No fue mi caso. Quenena me
enseñó a rezar el rosario a los cinco años y por ella comí pizza con anchoas
durante varios mediodías sólo porque sabía que le molestaba que las dejara en
un costado del plato. Con ella hablé durante horas por teléfono todos los días
hasta saberme todos los presidentes argentinos y cada una de sus desencuentros
de amor. Me mostraba su lado revolucionario cuando del otro lado el teléfono me
decía "hay que luchar por cada bocanada de aire y mandar la muerte al
carajo" y no se cansaba de repetirme que "la vida es larga y
jodida". Me gustaba escuchar cómo pronunciaba la letra R de una manera muy
particular. Durante una época contaba muchos chistes. Siempre repetidos, pero
siempre me reía, asegurándole que nunca los había escuchado. Mi abuela no venía
a los actos de mi colegio ni a mis cumpleaños, ni siquiera a las comidas de
navidad. Tampoco le gustaba que le dijera abuela. Sus uñas de colores y su
sonrisa de costado ahora son cenizas desparramadas en la tierra del pueblo que
la vio nacer. En el cajón de mi escritorio guardo su libreta verde con poesías.
Algunos días la abro. Me sé todas las frases de memoria, pero me gusta
acordarme de su letra cursiva. Hoy tengo puesto su sweater de lana azul. Todavía
tiene su perfume.
Lucrecia
Las paredes del bar de la facultad son naranjas. Ella busca una mesa, de las del fondo. Hay un espejo que ocupa toda la pared. Por ese espejo el mozo deja desviar la mirada en los pantalones rojos. Los vidrios de las ventanas están empañados y no se pueden ver los árboles. La dueña de los pantalones rojos se llama Lucrecia y las uñas también van de rojo. Elige una mesa y pega la silla contra la pared. Acuesta la cabeza de pelo negro espeso al lado del plato de milanesa. Es una milanesa de carne a secas y medio limón al costado. Lucrecia agarra el medio limón con las dos manos, lo aprieta apenas y se lo lleva a los labios. El sabor agrio es dulce y lo chupa hasta la última gota. Separa las semillas con los dedos. Cuando ya no tiene más jugo lo envuelve en una servilleta. Afuera todavía es otoño. El mozo que usa una camisa de botones amarillos levanta los platos en la mesa de al lado. El ruido de la cerámica apilándose y chocando con los cubiertos hace que Lucrecia se fije en los botones de la camisa y despegue la cabeza acostada al lado del limón tirado. Mira al mozo pero sin mirarlo y le pide un sobre de mayonesa. Mejor dos. El mozo apoya los sobres de mayonesa al lado del plato. Le toca los dedos de la mano derecha como sin querer. Lucrecia no reacciona. Tampoco dice gracias. Abre el sobre con los dientes y gira un poco a los costados, de reojo. La milanesa ya debe estar fría pero empieza a comerla despacio. La pincha con un tenedor de plástico y deja caer partes de mayonesa bocado de por medio. Por el reflejo del espejo el mozo espía la boca de Lucrecia. Se abre y se cierra casi de manera automática. Ella busca algo en su cartera. Un cuaderno puede ser. La milanesa por la mitad, las migas alrededor, el medio limón envuelto en la servilleta de papel, un cuaderno azul rayado, no toma agua ni nada, las uñas rojas apretando una lapicera, y las piernas descruzadas adentro del pantalón rojo abajo de la mesa.
De estrellas y algo más
Papá me habló de alguien, un filósofo. Es imposible que pueda retener los nombres de los autores de los que me habla. Pero decía que hay tres cosas que nunca se cansaba de mirar: el río cuando corre, los chicos jugando y las estrellas. Y estábamos en la montaña, todos, los once, al refugio de la cordillera que se levantaba por todos los costados, inalcanzable. Fría. Helada me arriesgaría a decir. Pero Don Osvaldo había prendido un fuego que invitaba a acercarse y pasaban algunas botellas de jugo de uva, como le decían los arrieros. Eran de la viña de Pepe, y entibiaban el alma hasta la última gota. Comimos un corderito que era una delicia. En eso estábamos los once, alrededor de una mesa improvisada. Las estrellas me sacaban el sueño, lo dije ya? Y entonces papá hablaba de este filósofo y de algo más, y las miradas de todos se nublaron de gotitas inminentes, gotas que no eran de jugo de uva. Miradas que no eran familiares hasta ese momento, el de las estrellas mendocinas y la transparencia encausada en todas esas pupilas rústicas, emocionadas sin verguenza. Eran los últimos días de un año en el que traté de evitar a papá en muchos momentos. Y sin embargo, en ese momento, y en todos los otros momentos del año, quería volver el tiempo 22 veranos atrás, colgarme de su cuello y abrazarlo para siempre.
Aquellas farras
El bar de Parera abre su puerta de vidrio desde bien temprano. A esa hora de la mañana en que la mitad de Buenos Aires sigue con los ojos cerrados y las veredas, todavía surcadas de agua, empiezan a secarse con las primeras partes de sol. Hay una mesita con dos sillas de almohadones violetas en la entrada. Soy la primera en decir buen día. Desde la pared de enfrente Carlos Gardel me guiña un ojo. Las mesas no son de madera. Son mesas de coser, como la que tenía una tía abuela en su departamento de Pueyrredón. Trato de mover con el pie la tecla de hierro de la mesa pero es imposible. Casi vuelvo a tener cinco años cuando jugaba a coser el saco de mi tía abuela y me concentraba pisando fuerte la base de la mesa de hierro que subía y bajaba mecánicamente. Se asoma un señor detrás de la barra y me sonríe. A esa hora se ven pocas sonrisas caminando por las veredas mojadas. Se acerca hasta mi mesa de coser y le pregunto si el jugo de naranja es exprimido. Tengo una obsesión con este tema. Cantidades de veces fui engañada por un vaso de jugo artificial. Pero Don Julio me asegura que prepara todo en el momento. No hay carta. Le pido unas tostadas, pero no tiene dulce, sólo queso blanco, me dice. Aprieto los labios tratando de disimular mi desilusión, pero Don Julio se da cuenta y me deja sola en el barcito minúsculo unos cinco minutos. Al rato vuelve con algo en la mano y una sonrisa triunfante. Me concentro en los renglones del libro que tengo arriba de la mesa y por momentos espío de reojo a Don Julio que silba desde la cocina armada atrás de la barra. Vuelve a mi mesa con el jugo de naranja recién exprimido y una colección de tostadas blancas calentitas con dulce de leche. No puedo estar más contenta. Empiezan a llegar algunas personas más: una señora cincuentona de anteojos oscuros y un vestido negro hasta los pies le pide un cortado a Don Julio y se sienta dos mesas más allá de la mía. Creo que me está mirando pero me concentro en el capítulo de Madrid. La señora de vestido largo se levanta y cambia su mesa de coser por la que está al lado mío. Si, me sigue mirando, pero no me incomoda. Aunque ahora me está mirando los pies: "Me encantan tus sandalias ¿dónde las compraste?" Y en un segundo cambié mi clase de la facultad por un una hora y media de una vida desconocida. Esa simple pregunta nos llevó al recuerdo de una isla griega y a todos los años vividos de ese vestido negro largo que escondía el cuerpo de una eterna adolescente nómade. Durante esa hora y media fuimos dos amigas íntimas sin diferencia de edad. Se tentó y también pidió unas tostadas con dulce de leche. "No debería" me dice con una sonrisa inocente. Pero en su vida había pasado demasiados no debería y fueron esos los recuerdos que reviví con ella desde mi mesita de coser: sus años de hija diplomática, el primer beso en México, el casamiento a los 18, la carrera frustrada, el dolor permanente del suicidio de su marido y después Londres y las bandas de rock, las mañanas porteñas, los Rolling Stone, el bar en la playa de Buzios, las clases de inglés, el silencio de su hijo, su segundo amor, lo tóxico de Buenos Aires, los árboles del sur, el sol de Córdoba y el terreno de Cruz Chica que le cambió la vida, el arte, la música, el ruido del río, el otoño de a dos, las begonias del jardín y las montañas por la ventana de cada atardecer. No quería irme a la oficina. Pero un señor de camisa y ojos celestes, o azules, pasó la puerta del barcito de Parera. Era Lucas, el segundo amor del que me había hablado mi amiga de vestido largo. Ella me presentó con palabras más empalagosas que el dulce de leche de mis tostadas. Lucas me saludó con un beso y me dijo que la locura de su mujer era contagiosa. Mejor, le dije. El la abrazó. Desde la pared de enfrente Carlos Gardel volvió a guiñarme un ojo.
Más liviano que el aire
Me gusta espiar la tarde por las ventanas de Villa Ocampo. Ese momento en el que parece que sólo existen las ramas de los árboles y el reflejo del sol abrazando el vidrio. No sé, es una parte de la tarde distinta a todas las demás. Esa tarde del sábado me acurruqué en uno de los sillones verdes. En la mesa había una torta de mandarina y otra de chocolate con nueces. Me quedé pensando cómo es que muero por cualquier tipo de chocolate, menos en el gusto del helado. Mi abuela siempre decía que era culpa de mi hermano: "en el mismo momento en el que vos estabas llegando al mundo, Sofía, tu hermano vomitó todo el helado de chocolate". En eso estaba dando vueltas mi cabeza cuando llegó Federico. Nos saludó a todos. Yo era la última. Mejor, mientras tanto me aseguraba disimuladamente de hacer desaparecer con la lengua cualquier evidencia de la torta de chocolate y nueces. Me sonrió y me saludó con un beso en el cachete. Yo le miré el pelo. Tenía algunas canas. Varias. Me pregunté para mi por qué no habría querido peinarse. Por ahí no tuvo tiempo. El me preguntó cuántos años tenía. Lo miré a los ojos. Tenía una mirada tan profunda y tan perdida a la vez que me confundía. "Veintitrés" le dije levantando un poco las cejas. No quise sonreír con dientes por las dudas. Federico Jeanmaire se sentó en el sillón de mi derecha. No sé exactamente cuántos años tenía él en su haber, pero puedo decir que era grande. Ese "ser grande" que todavía está muy lejos de mi mundo. Tampoco era tan grande. Tenía la voz gastada, pero no por el cigarillo. A mi me gustaba cómo respiraba profundo antes de dar alguna respuesta. También me gustaba mirarle los pies. Me intrigaba ver cómo los movía según las palabras y los temas que salían de su boca. Hablaba de la mujer holandesa de la que se había enamorado y de los riesgos. No le puso azúcar ni edulcorante al café. O era un té. No me acuerdo. Sí me acuerdo de sus aventuras en Europa. Me hacía reír. De su tía que adoraba, que él le mostró su primer novela y ella le dijo que era una porquería. Y lo mandó a leer a Don Quijote de La Mancha. De ahí su biblia y su único taller literario. Sí me acuerdo de los últimos días de su papá. No quería emocionarme en ese sillón verde, pero no pude evitarlo. Los pies de Federico estaban apretados y así como estaban, sin moverse, escribían en voz alta los días del cáncer y las páginas del libro "Papá". Tomó un sorbo de café, o té, y apoyó la taza. Otro respiro. Le tocaba responderme a mí. "¿Qué es lo que más te preocupa?" le pregunté con cierta ansiedad. Federico deshilvanó de un solo tirón eso que más le inquietaba: "Lo solos que vivimos todos y los difícil que nos resulta comunicarnos, y que es esa soledad la que termina por generar violencia. Pero lo que más me inquieta por sobre todas las cosas es lo complicado del amor"
Quinientos libros y un café
Quería quedarme toda la mañana así. Qué digo, todo el día. Con una mano ahuecada en la pera y mordiéndome la uña del dedo chiquito. Sólo por la ansiedad de escuchar cómo terminaban esas anécdotas con gusto porteño que me hacían viajar a otra época. El hablaba con una tranquilidad envidiable. Movía las manos al ritmo de su respiración. Hacía una pausa de vez en cuando. Cerraba los ojos. Arrugaba las cejas y la frente para acordarse de las fechas exactas. Los silencios pausados dejaban al descubierto todos esos años tatuados de sabiduría. Todas esas historias de la mano de escritores argentinos y cada una de esas tardes en los rincones de Buenos Aires. Todo estaba pasando en esa mesa de madera. Y cada relato era la página de un libro en primera persona. Esa misma primera persona que acompañó a Borges en su viaje a Chile y más tarde se sentó en el bar de Talcahuano a tomar un café mientras esperaba a Ernesto Sábato. Yo lo escuchaba casi sin pestañear. Sábato era un hombre atormentado, me contaba. Constantemente atormentado por la vida misma. Y en ese momento me acordé: tenía 13 años cuando le robé a mi hermano de su biblioteca "La Resistencia". Y me acuerdo que yo también me sentía igual de atormentada cuando empecé a leer la primer página del libro. Por suerte no era largo y lo terminé esa misma noche. Y por suerte llegué a la última página y respiré aliviada. No era la única que quería resistir. Mi amigo Rafael seguía frunciendo las cejas y recordando las fechas históricas.1985. Yo creo que todavía no existía ni en los proyectos de mis papás. El me seguía hablando de los bares porteños, de la cueva del chancho, de las mesas de amigos, de Maipú 994, del hombre y los engranajes, de las dedicatorias en los libros, de las casualidades, de los errores, de los viajes, del interior de los escritores más allá de su perfil político, de las manos y las marcas, de la poesía borgeana, del aroma a una tarde de siesta, del café para pasar el tiempo, de las calles de Buenos Aires, de las palabras y del lenguaje, de los libros y su editorial en la avenida Santa Fé, del significado de las firmas. Me hablaba de los detalles y de los valores perdidos. "Me hubiese encantado haber vivido esa época" le dije. Y firmé una hoja en borrador que había sobre la mesa, a ver qué significaban esos garabatos de tinta. El miró mi firma durante unos segundos. Pero no me dijo nada. O sí. Antes de despedirse. Me dijo que no podía dejar de leer la historia de San Francisco de Asís. Pero que el libro del autor griego estaba agotado. Entonces volvió un martes bien temprano a mi oficina y me prestó su ejemplar. Tenía escrita una dedicatoria en la primer hoja. Si hay algo que me emociona son las dedicatorias de los libros escritas de puño y letra. Esta era de 1967. Y decía algo así como "el libro que cambió mi vida".
Dafne
Recién hoy entiendo que no se trataba de los típicos caprichos. Ni de las constantes ganas de llamar la atención. Tampoco se trataba de jugar a la hija rebelde. No se trataba de ir al revés del mundo. Esos rulos rubios despeinados que clavaban con energía las manos gorditas en el borde de la bañadera y gritaban una especie de auxilio desesperado ya entendían que, el que iba al revés, era el mundo. Esos rulos rubios despeinados se llamaban Dafne y se escapaban como gato del agua con jabón. Se despeinaban todavía más en frente del espejo cada vez que imitaban mis bailes al estilo Xuxa. Yo pensaba que como era mi hermana más chica tenía derecho a copiarse de mi. En todo. Por suerte no lo hizo. Un día se cansó de ponerse las botas altas de mamá y bailar como brasilera. Se paró en su sillita alta de madera y mimbre y frunciendo la cara entera dijo que odiaba su nombre porque todo el mundo se lo preguntaba como cuatro veces. Qué iban a saber los rulos rubios despeinados que ese nombre de origen griego significaba nada más y nada menos que "triunfo". Dafne era inquieta hasta el cansancio. Pocas veces lograban bajarla de su bici de tres ruedas de la que siempre llevaba colgando latas de Coca vacías, sogas o sapos muertos. Se sacaba toda la ropa que mamá le ponía con una paciencia infinita. A los tres años ganó el primer puesto en el concurso de disfraces del Country. Claro, estaba desnuda. La perfección maternal le duraba el click de una foto. No se cansaba de preguntarme si los bichitos de luz eran, en realidad, estrellas muertas. Lloraba cada vez que veía un animal muerto en la ruta. Esos rulos rubios despeinados siguieron haciendo de las suyas. Llorando y pataleando y haciendo lo imposible por conseguir lo que querían. Creo que lo único que no pudo conseguir fue a Toto, el chancho más grande y ruidoso de un campo vecino. En todo lo demás, esos rulos rubios, que con los años se fueron emprolijando, ganaban en todo. Y a todos. Aunque se quejaba de sus piernas cortas, Dafne coleccionaba medallas en atletismo. Y corría con todas sus fuerzas, con la cabeza levantada, como queriendo burlarse del viento. Y ganó la maratón del club. Y más tarde el triatlón, con su bici de dos ruedas. Y después fueron los trofeos de golf. Y el primer premio en el concurso de dibujo. Tenía 8 años y era la más chica en su categoría. Se había quedado hasta tarde en la mesa del comedor terminando su dibujo. Era un mundo. Y todas las nacionalidades en miniatura agarradas de la mano alrededor de ese redondel azul y verde. A mí me encantaba la cantidad de colores que había usado. Y el chinito. Le había quedado genial. Cuando le dieron su premio no lo pensó dos veces: "le quiero regalar la mitad a los más pobres" Y le pidió a mamá que donara toda esa plata a una fundación. Dafne tenía muchos amigos varones. Pero estaba enamorada de Lucas. Un día le dejó una carta y un chocolate abajo del banco. Los rulos rubios que ya eran lacios, un día dejaron de ser tan rubios. Una tía decía que era por el agua de Buenos Aires. Pero Dafne no se conformaba con teorías inventadas y discutía absolutamente todo. Ya hablaba de las células y la metafísica. Y había aprendido la palabra "refutar". Y refutaba todo. La gente pensaba que no estaba del todo cuerda. A mí siempre me gustó escucharla. La gente tenía razón: no estaba para nada cuerda. Esa era la mejor parte. Me acuerdo de esa noche en Pinamar que preferimos las cervezas en la playa antes que el boliche que estaba de moda. Conocimos a Morris y hablamos de algo que no me acuerdo. Sí me acuerdo que había luna llena y que esa fue la mejor parte del verano. Dafne amaba los veranos. Y siempre quería quedarse a vivir en Córdoba. Y en Pinamar. Y en San Martín de los Andes. Y en O´higgins. En Europa creo que no. Sólo en Italia, porque en el jardín de la casa en la que estábamos había ardillas. No le importó terminar el colegio un año más tarde. O sí le importó, pero le duró algunas noches escondiendo las lágrimas abajo de la almohada. Dafne sabía que quería correr a su propio ritmo. Ese propio ritmo que también implicaba volver loco a más de un profesor cuando entregaba las pruebas en blanco o cuando tenía sueño y se dormía en el piso del aula. A mis papás les costó varias reuniones con el director del colegio. Pero mi hermana insistía a su manera. De la misma manera en que insistió en no hablarme durante dos años. Hasta el día que le solté la mano a mi primer novio y llegué llorando a casa. Y ahí estaba mi hermana, después de esos dos años de ser dos desconocidas. Me abrazó con todas sus fuerzas. Y se acostó en mi cama, al lado mío, toda la noche. Sólo se levantó cuando se terminaron los pañuelitos y el rollo de papel higiénico. Fue a buscar más. Y se quedó dormida abrazándome. Un día quiso dejar de ser rubia y llegó a casa con el pelo más colorado que un tomate. Le quedaba horrible. Pero le sobraba personalidad. De esa personalidad auténtica en peligro de extinción. Ese mismo día dijo que no iba a seguir la carrera de Bellas Artes. Que después de las vacaciones en Europa ella se quedaba unos meses más trabajando en Barcelona o en Atenas. "Y por ahí más adelante me voy a Africa, no sé". Ese no sé se convirtió en todas las vacunas con nombres raros, en tipear Kenya en Google, en empezar a leer los comienzos de la historia africana. Ese no sé se convirtió en la voz de Dafne temblando de miedo llamándome desde Grecia con los pasajes a Africa en la mano. Y esos rulos rubios otra vez despeinados se ajustaron adentro de un pañuelo verde y con una mochila más grande que su espalda aterrizaron en un pueblito de tierra de miradas distantes pero cercanas. Y cambiaron su bici destartalada por un "matatu" que la hicieron recorrer esas rutas de personas al costado del camino. Y subió una de las montañas de Malindi y cambió su sillita de madera por una piedra de las más altas para enamorarse de un atardecer. Y siguió caminando sin cerrar los ojos y se compró un vestido en la feria del centro pero siguió usando la misma remera durante días. Se encontró con todos esos chiquitos jugando afuera de las casas. Había uno que tampoco quería ponerse la ropa. Y durmió en la oscuridad de verdad. En una casa hecha de hojas de palmeras y caña, que tenía agujeritos en el techo y se podían espiar las estrellas. Y se despertó a las cinco de la mañana para ir a pescar. Y se abrazó fuerte con su primer amiga africana que se llamaba Sophie. Y siguió gastando la suela de las sandalias hasta llegar a encontrarse con todas esas sonrisas blancas en la escuela rural de Nairobi y enseñarles a pintar con pinceles y colores por primera vez. Y más tarde todas esas miradas perdidas por la droga en Malindi, absortas ante la paciencia inagotable en cada almuerzo y en cada charla. Después, el trabajo voluntario en Watamu con los animales del safari y la felicidad contagiosa en cada e-mail contándonos sobre los elefantes bebés, los leones, los hipopótamos y las chitas. Me contaba que por momentos quería salir a correr, pero algo la obligaba a sentarse en el piso de tierra de su casa. No tenía de qué correr. Ahora corrían ellos. Todos esos pies chiquitos de color negro y sonrisas infinitas que se acercaban a toda velocidad para jugar con Dafne. Para agarrarla de la mano sin querer soltarla, y hablarle en un idioma inentendible mezclado de risas tímidas que cada vez se hacían más fuertes y contagiosas. Para contarle los lunares de la cara y despeinarle otra vez esos rulos rubios como si recién hubiese llegado al mundo.
Toutes les vies
Pensaba en lo increíble que me parece el encuentro casual de dos personas desconocidas. En una ciudad saturada de millones de latidos dispersos. En un mundo de otros miles de millones de corazones. Entonces el segundo en el que un par de miradas extrañas se encuentran por primera vez. Las primeras palabras que intercambian. Ese momento en el que un desconocido pasa a ser alguien en la vida del otro. Y entre todos esos miles de millones de desconocidos girando por el mundo, elegirlo a él.
Del otro lado del mundo
"El tiempo es una noción perdida en estas tierras. La paciencia nata con la que cuentan, es necesidad elemental para sus modos de vida. Todo requiere de espera, nada es a las apuradas, se dedica el tiempo necesario y por qué no más, total hay de sobra y no hay apuro"
"Desarrollan un sistema inmunológico que seguramente no se encuentra dentro de los parámetros de ninguna explicación médica. Andan descalzos sin importar por dónde caminan. Crecen haciendo de sus pies, suelas tan fuertes que de verdad no sienten ni lo que pisan"
"Me agarran de la mano y me llevan a conocer los secretos de su mundo africano. Sus vidas me encandilan como a ellos la luz tan blanca de mi piel. Disfruto escucharlos y observarlos, pequeñas criaturas hermosas... Me hablan, me preguntan, alguno me llama desde la punta más alta de un árbol (no me explico cómo llegó hasta ahí), señalan cosas que no hago a tiempo de ver cada una de las que me muestran. Son seres libres, hijos de la tierra. Y en ella juegan y con ella se entienden. Me encantan. Me nace un amor por ellos tan grande como las ganas de tener el recuerdo de mi infancia, la infancia que tienen ellos"
"Sigo buscando fronteras por las que caminar para entender un poco más lo que viven los demás"
Dafne
Victoria
Vicky cumple 23 años. Pero dice que cumple 8. Es que volvió a nacer hace siete años. Un sábado a la tarde tuvo que elegir: o seguir en coma o abrir los ojos y
Algo
Cómo puedo elegir las palabras para cada mirada. Miradas mudas. Miradas sordas. Pero que hablan por sí solas. Cómo puedo describir los mundos de esas miradas. Mundos desparejos que se encuentran a cualquier hora y en cualquier momento. Momentos grabados en el reflejo de las pupilas ajenas. Se pierden. Aparecen. Partes sueltas de un rompecabezas. Y entonces vuelven. Cuando cerramos los ojos, cuando dejamos en suspenso los pensamientos. Vuelven a nuestro recuerdo todas esas miradas perdidas, causales, buscadas, imprevistas. Y me encuentro otra vez con los ojos del bar de la calle Thames. Que no tienen nombre, pero sí una mezcla de inocencia y picardía con mucho gusto a hombre. El llega a la mesa y hay algo. Ella me dice "Sofi, mi hermano". Pero nuestras miradas todavía no se encuentran. Es que esos ojos de camisa a rayas tienen una cerveza en una mano y un vaso a medio llenar en la otra. Qué soberbio. Me da bronca. El sigue llenando su vaso de espuma con extremo cuidado. Lo miro medio de costado. Estoy sentada cerca de la puerta y el frío de la madrugada le gana por goleada a mi bufanda de lana. Deja el vaso y me da la mano. Entonces somos dos desconocidos. Pero no quiero separar mis ojos de los suyos. Lo más raro es que mi amiga vuelve a presentarnos. Y esos ojos marrones vuelven a darme la mano. Son esos momentos anónimos. Son las veces de una noche que ya fue. Miradas que no vuelven a encontrarnos. Y sin embargo están ahí. Coleccionamos todas esas miradas que nos dejaron "algo". Y no se repiten. Sólo puedo volver a vivirlas en mi cabeza, hasta que se olviden. Hasta que se pierdan de un trago amargo en la espuma de otro vaso de cerveza.
Antevasin: Persona que vive en el límite
"Casas hechas sobre la arena con hojas de palmeras y cañas de bamboo. Dormimos afuera, no hay electricidad y tampoco agua; se consigue de un pozo del cual mamá Tierra nos provee permanentemente. Los días de luna llena no necesitamos del farolito. Para despertarnos amanecemos con la luz del sol..."
"Estoy dónde y cómo quiero: viviendo con y como ellos"
"Veo a los nenes jugando en el borde del pasto, donde termina la tierra y empieza el cemento de la ruta, los veo descalzos, caminando, cargando bolsas de troncos que los doblan en peso, los veo que saludan con una emoción desenfrenada a cada auto que pasa a su lado... Veo cómo cocinan las madres sobre la tierra, veo cómo descansan en la minúscula sombra de lo que se nota que antes era un árbol, veo las grietas en el piso que dan a entender la necesidad de agua con la que cuentan esos suelos, veo cómo viven estas personas a un lado del camino.."
"Y volviendo del proyecto le digo a Max: non so perché... ma solo per questa vita.. Sono felice!"
"La gente nativa del lugar no habla ni media palabra de inglés, tampoco italiano. Sólo kiswahili. Y los más chiquitos de la fundación hablan su propio dialecto. ¿Cómo cruzar al otro lado sin transgredir un código de culturas no habladas que se encuentran? Protegidos por la seguridad imaginaria de un metro de distancia, se quedan mirándome, entonces entiendo las ganas contenidas de agarrarme la mano. Pero son ellos, con sus miradas y sus ojos brillantes, los que invitan a uno a animarse a dar el paso. Todas las diferencias se desploman cuando una de las manos busca la del otro, contagia al de al lado y como efecto dominó van aferrándose a mi brazo despacio, tocándome el pelo y la cara y empiezo a escuchar por primera vez sus vocecitas..."
Dafne
On the beach in Hawaii
Nada, que el sábado a la tarde no quería dejar de escuchar a Luli. Que me miraba con esos ojos grandes rebalsados de buena energía, y se peinaba el pelo largo mezclado con las trenzas de colores de verano. Movía las manos con decisión y contundencia. Me hablaba de las escamas frías de los peces, de las manos del capitán del barco, de los quinientos amaneceres, de las clases de baile a las señoras grandes, de la selva y el fuego entre las piedras, de los pies corriendo las playas desiertas. Se reía a carcajadas. Contagiosas. Bien fuertes. Me tentaba de risa y ganas con cada palabra. Nos tomamos todo el jugo de manzana y el café con leche. Se nos pasó la tarde en el sillón verde, entre sus historias de amor con gusto a arena y mis ojos esperando ansiosos el final de los capítulos de esa novela. Soltaba los recuerdos como el azúcar en sobre y buscaba en su memoria fresca las mejores noches despierta, las de los arco iris de luna y el cielo tapizado de estrellas. Su felicidad empapaba cada centímetro de mis venas inquietas y golpeaba mi cabeza como olas del Pacífico rompiendo caprichosas y resueltas en los bordes de arena. En ese momento sólo quería subirme a una tabla y olvidarme de todo lo demás. Luli me dijo que toda posibilidad sólo tiene un enemigo: uno mismo. Y me escribió en la mano: "Salí a la vida, que te está esperando". La extrañaba. Logró contagiarme sus mismas ganas, que no eran más que las mías escondidas, dormidas. Las de armar la mochila y aterrizar en una playa desconocida, subirme a una bici y pedalear. Pedalear sin saber hasta dónde voy a llegar.
Otoño vestido de flores
Hay sonrisas que, en los primeros fríos de otoño, alargan el verano, cuando el cielo se tiñe de un gris despintado y las hojas de los árboles se entrecruzan con las pisadas a contramano. Una de esas sonrisas es la de Maggie, que me abre la puerta de vidrio en Recoleta y me contagia su energía de vida sin conocerla.
Hay personas que hacen que los días valgan la pena, que inventan sus propias reglas, que descosen los problemas y tejen canciones con vestidos de flores a su manera, que diseñan pasos de baile en lentejuelas, tardes de amigas en rayas de colores y tacos de madera, lunes de camisas rosas y trenzas en la cabeza. Personas como ella.
Hay miradas que inspiran sin decir una palabra, que transmiten creatividad y ganas de intentar, que invitan a quedarse un rato más, que renuevan el aire, que alegran un pedazo de tarde. Personas como ella. Personas como Maggie.
Raíces caprichosas
Hermana mía,
raíces caprichosas.
La sangre es la misma,
las venas, otras.
Vos en Kenya,
yo en Argentina.
Tus calles son de tierra,
las mías son de mentira.
Tu amanecer es el sol,
el agua fresca y el calor.
El mío es el ruido,
del otoño partido y el despertador.
No existe el tiempo
en tu cielo africano;
el reloj porteño respira
apurado y sin descanso.
Tus manos escriben con tiza
el pizarrón gastado.
Las mías escriben cada día,
los renglones de papeles en blanco.
Hermana mía,
raíces caprichosas.
Respiramos la misma luna,
vivimos distintas cosas.
Al final de este viaje
No entiendo por qué algunas personas tienen que despegar los pies de la tierra antes que otras. No entiendo quién decide, si Dios o el destino, que ya está escrito cuánto dura nuestro paso por el mundo mientras estamos vivos.
No entiendo por qué Delfi tuvo que morir justo cuando había encontrado la felicidad que la empujaba a vivir, con sólo 16 años, cuando volvía de Chaco con una sonrisa plena, las manos llenas de tierra y el corazón desbordado de amor por cada uno de esos chicos desprotegidos que eran su única canción.
No entiendo por qué Benjamín también estaba en esa ruta y no pudo sobrevivir. En el cuaderno que encontraron estaban sus últimas palabras escritas a mano: "Aceptá el cambio y sacá lo mejor. Y que nada te haga perder tu luz interior"
No entiendo por qué tengo amigos que siendo tan chicos ya no tienen a sus papás acá, que no puedan compartir más con ellos todo lo que antes habían vivido: los partidos de fútbol, las sobremesas, el rugby, una cerveza, los viajes, el mate a la tarde, las palabras sabias de un padre.
No entiendo por qué tengo amigas que ya no pueden despertarse con el beso de su mamá mientras están dormidas, por qué no pueden seguir compartiendo las charlas como mejores amigas, disfrutar las comidas hechas por ella, compartir la ropa nueva, llorar juntas el final de una película o tener ese abrazo cálido cuando lo necesitan. No entiendo por qué tienen que pasar por eso teniendo sólo 23 años o menos.
No entiendo por qué le toca el cáncer a la amiga de mamá, si ese año estábamos comiendo todos juntos en frente del mar, y ella se reía sin parar, con esa sonrisa rubia que contagiaba a todos los que estábamos en ese lugar. Por qué de un día para el otro cambió todo, por qué el contestador en el teléfono y el dolor hecho lágrimas apretando el pecho. Ayer a la tarde dejó de respirar. Fue en ese mismo mar en donde sus hijos dejaron las cenizas de su mamá.
No entiendo por qué el tumor en el cerebro de un compañero del colegio. No entiendo por qué los hermanos tienen que sobrellevar el dolor de ya no poder seguir los cuatro juntos hoy.
No entiendo por qué el cáncer también le tocó a Lucía, con sólo 24 años de vida. Admiro cómo hizo para llegar hasta el final con una sonrisa. Una sonrisa que iluminaba a cualquier persona que la veía.
No entiendo cómo es dejar de respirar y que ni el mejor médico pueda hacer algo para salvar a todos esos papás, esas amigas, todas esas mamás, y todos los demás.
No entiendo por qué unos si y otros no. No entiendo por qué no puedo morirme yo, y no cualquiera de todos ellos y que tengan que sufrir muchas de las personas que quiero. No entiendo por qué el cielo, no entiendo por qué hay un puente que se llama muerte, no entiendo por qué los accidentes, no entiendo por qué los finales empiezan antes, no entiendo por qué el cáncer y los tumores cerebrales, no entiendo por qué el dolor en vida. Todavía no entiendo el valor infinito de seguir viva.
Los hombres que más quiero
Mi papá. O daddy, o Giordano, o Pelado. Aunque me rete durante las comidas por el tamaño de los bocados o no me deje volver sola a la madrugada con el auto.
Mi hermano. O Bro. O Jor. O Salamín. O Jorgelín triple. O George. Aunque esté lejos hace tres años, me hable en catalán desde Barcelona a cualquier horario y me haga enojar cuando me dice que sigo siendo una nena caprichosa a pesar de mi edad.
Mi padrino. Aunque no esté físicamente conmigo. Todavía me acuerdo como si fuera ayer cuando por teléfono me decía "mi princesita" y también cuando cumplí seis, que me perseguía para hacerme cosquillas y yo me escondía abajo de la cama de mi prima.
Mi abuelo, el griego.Aunque lo conocí sólo cuando era bebé.Mi abuela me cuenta que me escapaba de todos mis familiares menos de él, y que me quedaba dormida en sus brazos, al sol, en la terraza del campo. Ahora lo busco en sus artículos que escribió en los diarios, en sus libros, en sus cartas a mi abuela, en las fotos y en la cajita de madera donde guardo sus palabras y parte de su esencia.
Mi abuelo Otto, el alemán. Aunque murió exactamente un mes antes de que yo naciera. Mamá dice que es por eso que soy tan sensible; que ella hacía su mayor esfuerzo por no llorar pero era inevitable y durante el octavo mes lloró la muerte de su papá sin poder parar. Lo quiero a través del recuerdo, de los cuentos de mi abuela, de las medallas con su nombre y de las fotos de sus viajes por el mar sin decir a dónde.
Felipe. Por supuesto. Aunque sea un perro, entra en la categoría de los hombres que más quiero.
Mi primo, el de rastas. Aunque viva en el medio del mediterráneo y sea un colgado. Con él puedo arriesgarme a cualquier salto porque no conoce el miedo ni el tiempo, y vive al límite como a mí me gusta, por eso lo quiero.
Mi jefe. Porque me hace reír siempre. Y es lo más. Aunque me pregunte si ya estoy de novia el día en el que estaba todo mal.
El kiosquero de Arenales y Uruguay. Porque ya me conoce y me guarda los alfajores en la heladera y los deja ahí separados sólo por si acaso. Aunque le explique que no puedo comerme un Milka mousse a la mañana y otro a la tarde todos los días sino al próximo mes llego rodando. (Pero él insiste y el segundo siempre va de regalo, no hay caso)
Mis poetas preferidos, que son varios y muy leídos. Aunque no me conozcan, me llegaron al alma con cada uno de sus libros, de la noche a la mañana.
Mi hermano. O Bro. O Jor. O Salamín. O Jorgelín triple. O George. Aunque esté lejos hace tres años, me hable en catalán desde Barcelona a cualquier horario y me haga enojar cuando me dice que sigo siendo una nena caprichosa a pesar de mi edad.
Mi padrino. Aunque no esté físicamente conmigo. Todavía me acuerdo como si fuera ayer cuando por teléfono me decía "mi princesita" y también cuando cumplí seis, que me perseguía para hacerme cosquillas y yo me escondía abajo de la cama de mi prima.
Mi abuelo, el griego.Aunque lo conocí sólo cuando era bebé.Mi abuela me cuenta que me escapaba de todos mis familiares menos de él, y que me quedaba dormida en sus brazos, al sol, en la terraza del campo. Ahora lo busco en sus artículos que escribió en los diarios, en sus libros, en sus cartas a mi abuela, en las fotos y en la cajita de madera donde guardo sus palabras y parte de su esencia.
Mi abuelo Otto, el alemán. Aunque murió exactamente un mes antes de que yo naciera. Mamá dice que es por eso que soy tan sensible; que ella hacía su mayor esfuerzo por no llorar pero era inevitable y durante el octavo mes lloró la muerte de su papá sin poder parar. Lo quiero a través del recuerdo, de los cuentos de mi abuela, de las medallas con su nombre y de las fotos de sus viajes por el mar sin decir a dónde.
Felipe. Por supuesto. Aunque sea un perro, entra en la categoría de los hombres que más quiero.
Mi primo, el de rastas. Aunque viva en el medio del mediterráneo y sea un colgado. Con él puedo arriesgarme a cualquier salto porque no conoce el miedo ni el tiempo, y vive al límite como a mí me gusta, por eso lo quiero.
Mi jefe. Porque me hace reír siempre. Y es lo más. Aunque me pregunte si ya estoy de novia el día en el que estaba todo mal.
El kiosquero de Arenales y Uruguay. Porque ya me conoce y me guarda los alfajores en la heladera y los deja ahí separados sólo por si acaso. Aunque le explique que no puedo comerme un Milka mousse a la mañana y otro a la tarde todos los días sino al próximo mes llego rodando. (Pero él insiste y el segundo siempre va de regalo, no hay caso)
Mis poetas preferidos, que son varios y muy leídos. Aunque no me conozcan, me llegaron al alma con cada uno de sus libros, de la noche a la mañana.
Una sola vida
Vidas vestidas de oficina. Vidas escondidas. Vidas rutinas. Vidas hormigas. Vidas dormidas.
Llego apurada, acalorada, la cartera está pesada, las manos todas ocupadas, las llaves en la boca y el escritorio me mira con poca onda. Mientras tanto, Rob Machado llega relajado a la playa, acalorado pero con el agua del mar esperando, la tabla de surf en una mano y el cielo totalmente claro y despejado.
Tipeo, rápido, moviendo los dedos que se deslizan para arriba, para el costado, para abajo, a lo largo del teclado; dos puntos, enter y sigo tipeando. Mientras tanto, Fito Páez desliza los dedos de sus manos sobre las teclas de un piano, y me canta Cable a tierra sacudiendo la cabeza.
Firmo recibos, mi nombre entero lo escribo en imprenta, completo los renglones vacíos de la agenda con reuniones y direcciones. Mientras tanto, Isabel Allende firma miles de ejemplares de uno de sus libros de la lista de best sellers mundiales.
Espío por la ventana el color del cielo, sigo con la vista las nubes desarmándose, me muevo unos centímetros sentada en mi escritorio para que me llegue el sol del otro lado de Santa Fe. Me corro el flequillo a un costado de la cara y respiro un pedazo de tarde desarmada. Mientras tanto, Juan Martín Del Potro se mueve unos centímetros sentado en el banco, para descansar a la sombra después de un partido de horas, se seca con una mano la transpiración de la frente y la cara, y respira un pedazo de tarde agitada, llena de adrenalina y energía positiva desparramada por toda la cancha.
Voy a la cocina a prepararme un té y unas tostadas con manteca y miel. Las como apurada; en cinco minutos tengo que irme volando a una reunión en el Banco Nación. Mientras tanto, Narda Lepes termina de disfrutar un sandwich de pollo, palta y nueces y cierra apurada su valija con ruedas; en cinco minutos tiene que irse volando a Ezeiza y tomarse un avión a Grecia.
Suena el celular, filtro llamadas que no puedo contestar, respondo mensajes de texto, suena mi interno, hablo con abogados, empresarios, secretarias, gerentes, escribanos. Me canso de hablar y me duele la espalda que se empieza a contracturar.Mientras tanto, Jack Johnson apaga su celular, se sienta en la arena, en frente del mar y empieza a cantar, dejándose llevar por los acordes de la guitarra y las canciones que más le gusta improvisar.
Cuento los minutos para que se hagan por fin las seis de la tarde. Apago la computadora, el aire, dejo el escritorio en un estado presentable, saludo a los que quedan y corro taconeando el piso a la puerta de madera. Mientras tanto, Marta Fernandez cuenta los minutos para inaugurar su galería de arte, apaga las luces, prende unas velas, se peina los rulos sueltos y deja la puerta abierta.
Vidas pasajeras
Me acuerdo de esa noche de enero en una playa de Ecuador. No había electricidad, ni luz ni cemento en las calles. Eran de tierra. Esquivando las piedras del camino me choqué con él. Nos volvimos a encontrar. Había vendido su tabla de surf porque no tenía ni un dólar en el bolsillo. Pero ahora estás conmigo, me dijo. Y me sonrió, igual que el primer día. Hay historias de verano y hay personas que nos agarran de la mano. Algunas se quedan por meses, otras se van y después las volvemos a encontrar. A veces son años. Y están las personas pasajeras. Una historia aparte en cada cabeza. De las mejores. El surfer me agarró de la mano y caminamos descalzos hasta la próxima playa. La humedad de la arena nos acostó boca arriba ¿En qué pensás? le pregunté. En que no existen los problemas si podés estar sentado abajo de este cielo y ese pedazo de luna llena. Me empezaba a gustar.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)















