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Ciento cincuenta y dos


Cinco pares de miradas perdidas respiran bolsas de plástico en Bulnes y Santa Fé. Por momentos las gotas de la lluvia del mediodía se encaprichan contra el vidrio. Dos desconocidos se tocan sin querer los dedos de las manos y un amor adolescente toma forma desde un mensaje de texto. Hay un pedazo de cielo entre los edificios y los perfumes franceses. Nadie levanta la moneda de diez centavos acostada en el piso. El café se toma por celular y todos son testigos de las vidas ajenas. Un perro sin dueño duerme en la esquina del jardín botánico. Una señora que camina encorvada pasa la mitad del brazo entre las rejas de hierro de ese mismo jardín y trata de hacerse amiga de un gato. Hay algo en la mirada de los gatos que me genera desconfianza. Una chica de pelo negro y pupilas de reloj esconde una mano abajo de una campera de cuero y saca una billetera de una cartera que no es la suya. Hay un libro de la revolución cubana por la mitad y un par de piernas cruzadas. A veces se hace de noche, pero no llego a ver la luna. Me alcanza un semáforo para enamorarme de las ramas violetas de un jacarandá. Hay una persona sentada en una silla de ruedas y da la impresión de que todos la miran, pero ella no se da cuenta. O no quiere darse cuenta. Hay un beso francés, por no decir con lengua, al lado de la ventana. Las caras cansadas no se disimulan y el aire colecciona bostezos constantes. Unos ojos delineados de punk me llevan a la escena de Fogwill, en el bar under. Me acuerdo de Marcos y el teléfono en la servilleta de papel. Los pájaros, no sé si son golondrinas, no sé si son los mismos de la mañana. Ahí están, batiendo las alas en infinitas direcciones inalcanzables. Y nadie sabe que les tengo envidia. Una señora en camisón riega las plantas en un quinto piso. Desde un auto silban las curvas apretadas abajo de un vestido de lentejuelas. Nadie quiere abrir los ojos y todos tienen los ojos abiertos. Las bicicletas pedalean el atardecer naranja al costado de la calle. Espío las ventanas de los bares y también los balcones de los edificios. Un chico habla en inglés y quiere ir al zoológico. Me asomo por la ventana, apenas.  Afuera se respiran jazmines por diez pesos y amores porteños en bancos de plaza. 

Canción escondida



Había dejado la guitarra en la oficina desde el día de la audición. Fui a la clase de Charcas y Anchorena, que por ochenta pesos me hizo mover todo el cuerpo con energía y buen humor durante el mes de febrero. Terminamos a las ocho y media y me fui caminando a la parada del colectivo con la guitarra, mi amiga Ana y nuestras musculosas blancas todavía transpiradas. Subimos al 152 y nos quedamos paradas entre todas esas caras cansadas, y desanimadas. Cada pasajero iba abismado en el teclado de su teléfono o inmerso en los auriculares, a un volumen que no les permitiera tener conexión con el ruido de la calle. Me senté al lado de mi amiga, pero en el escalón del piso, cerca de la puerta. Me miré cómo estaba vestida y me reí. Todavía con la ropa de la clase de baile, las hawaianas negras, el pelo sucio en un rodete desprolijo, y el tatuaje intacto en el tobillo. Pensé en los artesanos, o en los hippies, como generalmente los identificamos. Pensaba con qué frecuencia se bañan, si se compran ropa, si les molesta la moda, si alguna vez usan camisas de manga larga y corbata, si tienen cuentas bancarias, si alguien les hace las rastas en el pelo o se les hacen solas, si tienen novia, si toman taxis, si les importa la hora, si son nómades o duermen en casas propias. Ana me preguntó cuál era esa canción que siempre cantaba en casa. Yo estaba cansada, pero no físicamente. Estaba cansada de ver a toda esos desconocidos del colectivo, despiertos pero al mismo tiempo dormidos. Estaba cansada de la vida prefabricada. Sentada en ese piso, sucio, pegoteado sin embargo me sentía a gusto, como uno de los artesanos con el pelo largo y los pies cansados, con la piel curtida por el sol, con las manos llenas de tierra y de historias viajeras, pero con una sonrisa firme y de verdad. Empecé a puntear los primeros acordes, y sentía las miradas de la gente. Cantaba como si fuera la última vez que pudiera hacerlo. Cantaba sin que me importaran las miradas extrañas. Cantaba, y en ese momento fui feliz, con mi voz y mi guitarra. Disfrutaba cantando esa canción que tanto me gustaba, que era mía, y ahora se la regalaba a todas esas personas dormidas. La menor, re, sol. Y se terminó. Me gané varios aplausos y el dedo gordo del chofer levantado. Fueron tres minutos, no mucho más que eso. Pero valió la pena el boleto y estar sentada en el suelo. Son esos momentos desprevenidos y tan simples los que hacen que mi día tome otro sentido. Por una sola sonrisa de alguien desconocido, por las palabras de una amiga, por la  felicidad de sentir que no existe el tiempo ni otro lugar, y que el presente es el único momento para afinar la guitarra y ponerse a cantar.

Nada es casualidad


Mi profesor de Divorcio me avisó por mensaje de texto que la clase de hoy se suspendía. Fue la mejor manera de empezar el día. Igual me quedé en la cama, dos horas más, abrazando con gusto la almohada abajo de mi cara. Pero se me pasó un detalle bastante grave: me olvidé de cambiar la alarma y seguí de largo, soñando y durmiendo profundo toda la mañana. La pucha, siempre lo mismo, tendría que dormir con Felipe al lado mío así me despierta de un ladrido. Salí apurada como de costumbre, con el pelo mojado pero con el ipod enchufado a los oídos y las monedas en el bolsillo.

Me tomé el bondi que encima tuve que correrlo para no perderlo. Buen día, uno veinte por favor. ¿Y las monedas? Juré que las tenía. Me fijo en los bolsillos y estaban vacíos, y en la billetera tenía algunas, pero colombianas y ecuatorianas. Espere un minuto que me fijo en la cartera, seguro que tengo algunas sueltas. Libros, chocolinas, cindor, llaves, un cable ( ¿para qué carajo tengo un cable?), papeles, crema, anteojos de sol, un esmalte, perfume, desodorante, curitas, cepillo de dientes, un antifaz verde, (?), un pendrive, el celular y nada más. No tengo ni una moneda. Bueno pasá igual, me dijo el chofer con una mueca. Y me escurrí por el fondo, cerca de una ventana abierta. Devoré las chocolinas mientras escuchaba un tema de esos que levantan hasta a una muerta y leía la carta que me había escrito mi primo, el de rastas, que había guardado en mi mochila el último día en esa isla. Desde esa vez siempre la llevo conmigo y me habla, cuando tengo ganas, de la vida, de las señales, de los riesgos, de las verdades. Estaba contenta, pero me había quedado atrapada en el renglón de las señales pensando en que ya no sabía si creía en eso todavía.

Santa Fé y Coronel Díaz, sube bastante gente y siento en la frente que alguien me mira. Levanto la vista y ahí estaba él. Yo adivinando si me iba o no a reconocer. Pero me seguía mirando y yo no podía evitarlo, me sacó una sonrisa. Era Marcos, el de la guitarra, el que me corrió cruzando la avenida, el de la servilleta con su nombre que le dejó al portero de mi oficina. Se acercó pidiendo permiso entre la gente y me dijo hola, como si me conociera de siempre. Yo iba por mi décima chocolina y antes de devolverle el saludo le ofrecí una galletita. Es que me ponen nerviosa esos tipos de situaciones desprevenidas. El se reía, y esa sonrisa me curaba el día. No me importaba que fuera alguien que no conocía, no me importaba  que no supiera ni mi nombre, no me importaba que se tratara de otro hombre. Porque hay veces en las que es necesario dejar lo que nos pasa por dentro de lado y no cerrarnos sólo porque esos recuerdos sigan estando.

El gordito simpático que tenía sentado al costado (ocupando más lugar del que le correspondía de su lado) nos miró hablando como dos extraños cercanos y le dejó el asiento a Marcos. Y volví a tenerlo cerca mío, hombro con hombro, como la vez que lo conocí leyendo el libro. Volví a sentirle el perfume de su camisa recién lavada. Lo que más me gustó de toda la charla fue que no me haya preguntado nada de la servilleta y se haya aguantado las ganas de saber por qué no lo había llamado en toda esa semana. En los diez minutos que quedaban antes de bajarme hablamos de mi hermana que está en Africa, no sé cómo salió el tema, pero él me escuchaba y me miraba. Ya me tenía que bajar, él seguía un poco más, pasando Libertad. Pero se bajó conmigo y de despistada que soy casi me pisa un colectivo.

Me agarró fuerte de la espalda y se quedó sosteniéndome los hombros con las dos manos, sin ganas de soltarlos. Fue un segundo, pero de los más lindos. No, no, no, no. Qué estoy pensando. Mejor me voy rápido. Pero antes quería hacerme la película y preguntarle si creía en las casualidades. Y su respuesta me dijo todo: Creo que nada es coincidencia, no existen las casualidades, todo se trata de causalidades. Mejor respuesta no había, era igual a mi filosofía de vida. Yo quería irme corriendo pero al mismo tiempo quería quedarme escuchando eso. Y en ese momento no me fijaba en lo superficial, en que estaba bárbaro, en que la camisa le quedaba tan bien, en que usaba reloj, en que me encantaba el tono de su voz. En ese momento sólo quería irme a tomar un licuado de banana y seguir hablando toda la mañana. Era lo que necesitaba. Marcos se adelantó a mis pensamientos y para evitar que me fuera corriendo como la otra vez, me sacó el teléfono de las manos y se llamó a él.
Me dijo que esta vez no lo perdiera, que él iba a estar esperando porque sabía que teníamos que volver a encontrarnos. 

Yo no sabía qué decirle y le dije que tuviese cuidado si maneja, porque ahora en Panamericana te tiran huevos en el vidrio de adelante o en la ventana, que no prenda el parabrisas por nada, porque eso hace un enchastre de yema y clara y te nubla toda la vista y ahí te roban, cuando no podés seguir manejando ni podés ver nada. Mejor me voy que llego tarde. El se tentó de risa, y me miró con esos ojos claros que sentía que conocía desde hacía rato. Nos vemos uno de estos días, Sofía. Le sonreí y crucé la puerta de mi oficina. ¿Sofía? ¿En qué momento le había dicho cómo me llamaba? No entendía qué era todo esto que pasaba. Volví a sacar la carta de mi primo y terminé de leer el párrafo en el que me había perdido. Creo que todavía existen las señales de las que me hablaba y no puedo dejar que se pierdan en la nada. Todo pasa por alguna razón, y esto también seguro es parte de algo que todavía no sé pero, mientras, me saca más de una sonrisa, y eso me hace bien.

Corpiñito juguetón.



No hay peor sensación para las mujeres que la del ñocorpi desabrochado por sorpresa. Estaba en el bondi, impecablemente sentada, cruzada de piernas, adentro de un vestido blanco, ni muy corto ni largo, en el asiento del costado de la puerta, pelo atado, un par de aros y bombacha nueva. Mensajes, la típica llamada de Malala, una chica bohemia al lado mío, del lado de la ventana. Trato de pispear el libro que tenía entre las manos y trac. Algo se sale de lugar, no, por favor, decime que no es lo que estoy sintiendo. Me toco las lolas con el mayor disimulo que puedo y confirmo la sospecha: el corpiño suelto. Qué incomodidad. Lo único que me motiva es que se haya desabrochado por un repentino crecimiento de Victoria y Soledad, pero las espío por el huequito del escote y la verdad es que las veo igual. Monitoreo el ambiente: tres tipos con baberos sentados en frente, al lado la bohemia seguía en su planeta, al otro costado toda la fila de mujeres, vamos, pero miro atrás mío y hago contacto visual con un muchacho de pelo atado. ¿¿¿Qué hago??? ¿Espero  que se baje mucha gente y cuando nadie me ve me subo rápido el vestido y termino con el trámite instantaneamente? Pero esto está casi vacío y necesito más de diez personas para tapar la vista de los polleras mirando adelante mío. Ya sé, mejor me levanto de un salto y voy corriendo hasta donde está el chofer y le pregunto por alguna calle, ya fue, y mientras nadie me ve me agacho y vuelvo a ajustarme el corpiño ahí abajo. No, no, qué estupidez, tampoco voy a llegar al extremo de la ridiculez. Pero es muy molesto tener esto acá arriba todo suelto. Y creo que el chico de remera azul se dio cuenta, porque no deja de  mirarme y sospecho que me está haciendo señas. O estoy alucinando? Trato de abrochármelo con las manos por arriba de la ropa, pero es imposible, y encima la estoy matando a codazos a la bohemia de al lado. Y si me lo saco? Total en Europa ir sin corpiño está de moda. Pero cómo hago? No, no, además es vestido blanco Sofía, blanco. Me cruzo de brazos, pero como lo hacen los hombres, manos abajo de la axila y dedo pulgar al lado del antebrazo y aprieto con firmeza, y así me quedo un buen tiempo sin mover ni siquiera la cabeza. No, no suenes ahora celular. No lo atiendo, pero me doy cuenta que es peor, porque todo el bondi concentra ahí la atención. Qué les importa si voy a atender la llamada o no. Ya me tengo que bajar, qué bueno. Pero no puedo llegar así, con el ñocorpi suelto. Es a una cuadra. Me escondo atrás de este árbol y termino con el asunto. No, qué fiaca, tengo público del otro lado. Busco desesperadamente un bar que me preste el baño del lugar. No, no me digas que están limpiando, ¿te parece que es una hora adecuada para el trapo y los baldazos de agua? Tendrían que reorganizarlo, no sé, pensalo. Qué suerte, justo otro bar acá al lado. Con la mejor cara de lástima pido si puedo pasar al baño. Claro, no hay ningún problema. Por el pasillo, al fondo a la derecha. Ay. Gracias. Gracias. Gracias. Qué bueno poder desnudarme sin miradas extrañas. Entre paréntesis, nunca uso la palabra desnudarme.Corpiño de cuarta, te pasaste, qué mala jugada. Mucho Caro Cuore y la calidad es una huachada. Ya está. Salgo sonriente y triunfante. A media cuadra me encuentro con mi amigo de Nueva Zelanda. Tanto tiempo, tantos años. Beso en el cachete. Se dejó crecer la barba. Abrazo. Palmada en la espalda. Y... trac. Me estás jodiendo. Calor. Puteo por dentro. No me puede estar pasando esto de nuevo.Desespero, no. Y ahora qué corno hago? Ya fue, somos amigos, hay confianza. Sory Pipa, no me ayudás?, y de espaldas le grito, SI PODES BAJARME EL CIERRE DEL VESTIDO, QUE SE ME DESABROCHÓ EL CORPIÑO, SI YA SE,UNA CAGADA , ME TIENE HARTA, QUE? AH, EN EL PRIMER GANCHITO NO, EN EL SEGUNDO MEJOR. Y me doy vuelta con una sonrisa en la cara y dejo de gritar como una loca desesperada. Ahora sí, perfecto, mil gracias.

Otra de amor


Cuando me gusta un chico que no conozco y muero de verguenza lo primero que hago es mirarme los pies, o morderme los bordecitos de las uñas de mi mano derecha cuando él no me ve. El otro día Nacho me preguntó por las "historias de amor" en la calle. Y me acordé de John en un subte europeo, de nuestras miradas encontradas. Y más tarde de sus palabras en inglés en ese recorte de papel, que terminó en mi mano cuando le sonreí en la esquina de la calle empedrada, que después se convirtió en noche de verano con cervezas en la barra, en ese lugar en frente del mar, con gusto a arena y música griega. Hoy me volví a acordar de John, pero esta vez en Buenos Aires, viajando en el 152. Me apoyé contra la ventana y la abrí lo más que pude así se me iba secando el pelo todavía mojado y dejé la guitarra que tenía colgando del hombro a un costado. Abrí el libro que me regaló papá ayer, el de Galeano pero no pude terminar la primer hoja cuando me choqué con el hombro de él al otro lado. No se corrió ni un centímetro y ahí se acomodó, codo a codo, cerca mío. Intenté moverme, pero el perfume en sus muñecas y el de su ropa recién lavada que se mezclaba con el aire de afuera hicieron que me quedara quieta. El abrió un libro, le quedaban tres páginas y lo terminaba. Yo, mientras, asomaba mi cabeza por la ventana y de reojo lo espiaba. Hasta que sin tener la intención vi que terminó su libro gordo y se me escapó un "Al fin, por tres páginas tardaste un montón" Y me miró presionando las cejas pero con ojos claros y una sonrisa abierta. Uy, Santa Fe y Paraná, ya me tenía que bajar. Le dije "buenochausuerte" y me bajé a los empujones entre la gente. Crucé la avenida y por adentro me reía, qué caradura, tengo que dejar de hablar en voz alta y ser un poco más reservada.  Y en el medio de esos pensamientos unos pasos corriendo me tocan la espalda: "Te olvidaste la guitarra". Y por adentro sigo pensando, encima de caradura, despistada. Le dije gracias y una sonrisa. El todavía respiraba agitado pero se reía. Yo quería dar media vuelta y entrar a la oficina. Pero el me ganó y dijo algo así como que moría por escucharme cantar una canción. "Disculpame, pero llego tarde" Y me fui apurada otra media cuadra.  Hace un rato el portero del edificio subió el diario y un par de cartas. "Ah, y esto me lo dejó un muchacho alto, de ojos verdes y camisa a cuadros". Y acá en el escritorio entre mis carpetas, el desorden y las tostadas con manteca tengo una servilleta de papel, con el nombre de él y un teléfono que termina en seis.