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Un beso



Son las ocho y minutos de la mañana de un martes de mayo. La cuadra que más me gusta bordear cuando viajo en colectivo es la del Jardín Botánico. La cabeza apoyada del lado de la ventana, de costado. Los rayos de sol todavía no llegan a entibiar el vidrio frío. El frío es de invierno pero es otoño. Espío la ventana del colectivo que está a mi izquierda. Y el encuadre es perfecto. El, de rulos desprolijos, casi dorados y los brazos firmes de puños de lana gris arremangados. Ella todavía con el perfume del pelo húmedo sobre la espalda y una bufanda roja hasta los cordones de las zapatillas. Y un anillo de plata y piedra verde. Se inclinan las sonrisas y las miradas de amor Almodóvar. La luz de afuera se entorpece entre las ramas de los árboles y el reflejo del vidrio. Se entrecruzan los dedos de las manos y más tarde los puños arremangados y el anillo de piedra verde en la espalda formando un abrazo. Los labios de ella se abren en miles de direcciones. Y se acercan a los labios de él que ignoran que recién son las ocho y cuarto de la mañana. Entonces las bocas apretadas y los labios uno encima del otro dejan el frío de lado. El colectivo entero es un beso fuera de lo real de dos desconocidos. Y todo dura lo que un semáforo en suspenso. 

Les yeux bruns des nuages


Los ojos de él son marrones. Chinitos cuando se ríen, que es la mayor parte del tiempo. Pero ayer me agarraron la mano, las dos manos. Y me miraron grandes y más marrones que nunca una de las últimas tardes de Diciembre. Hoy dejo esos ojos marrones en Buenos Aires, y los espío de a ratos por la ventana ínfima del avión, pero que alcanza el cielo entero. Desde las nubes eternas y dormidas no hay dimensión lógica, y pienso, puta madre. Me faltan las palabras y las pocas que me quedan las tacho fuerte con birome azul. Es que es todo desde ahí arriba, todo lo que pasa cuando tengo los pies en la tierra, todo lo que dejo en su lugar. Y el amor, primero. Volver la memoria de mujer veinteañera al primer día con él y reírme de las casualidades tan perfectas. Perderme en las nubes, un rato más. No sé cuánto, no sé si el tiempo pasa igual de rápido ahí arriba. Pero esos ojos marrones comienzan a extrañarse. 

Attraversiamo


Un día dejan de existir las dudas y lo complicado del amor es tan simple como un ramo de jazmines en la mesa y una foto de a dos en la pared. Un día todo pasa por esa parte de canción con gusto cubano, que entiende que la cobardía es asunto de los hombres, no de los amantes. Y sigue cantando, que los amores cobardes no llegan a amores, ni a historias, se quedan ahí. Un día no hay días pasados. Un día son los caminos de Verona en una película y querer estar en esas rutas italianas con él. Un día es un abrazo en el campo y el sol de mitad de agosto. Un día el amor dura más de tres meses. Un día es la mirada profunda de alguien que era un desconocido. Es que hay tanta gente que no se cruza, me dijo un amigo en el bar. Pero un día esas personas que tienen que cruzarse, se encuentran. Y todo pasa por ese día, un día. 

El amor después del amor


Están esas personas que uno siente que conoce de toda la vida. Son muy pocas. Hay una de esas personas que hace que los lunes tengan gusto a chocolate y yogurt con zucaritas. Que me espía de reojo en el medio de una película y me contagia la risa en el teatro. Una de esas personas que le hablo de dudas y me aclara todos esas inseguridades con un beso. Como los que leo en las novelas. Que me deja el sweater con su perfume y me dan ganas de tener esas mangas largas tapando mis manos todo el día. Una de esas personas de las que hacen bien. Que cuando me abraza fuerte no hay otro lugar en el que quiera estar. Una de esas personas que no conoce el mal humor y es pura sonrisa. Que me hace sentir cómoda. Siempre. Una de esas personas con las que disfruto lo simple de ser feliz. Que no tengo que impresionar. Que me quiere aunque tenga las piernas chuecas y esté un poco loca. Que no acepta una cara preocupada y hace que con un ataque de cosquillas me olvide de todo. Una de esas personas que me pregunta, me cuenta, me mira, me invita, me busca, me habla, me lleva, me sorprende, me alegra, me cocina, me espera, me sonríe. Una de esas personas que me despreocupa de todo lo demás. Que me empalaga de chocolates y besos. Que se acuerda de esos detalles ínfimos. Que me devuelve esas ganas perdidas de confiar. Una de esas personas por las que vale la pena dejar a un costado todos esos miedos innecesarios y volver a decir te quiero.

De los detalles que enamoran

Un plato de sorrentinos italianos con mucho queso. Una sonrisa que me agarra la mano del otro lado de la mesa. Un par de besos perdidos en esa primer salida de Mayo. Un mensaje de alguien desconocido. Buen humor. Siempre buen humor. Un perfume que quiero que dure en mi ropa hasta el día siguiente. Las cervezas en el bar inglés. Conocernos desde siempre. Despertarme con un mensaje de la noche anterior. Reírme. Mucho. Papas fritas a las siete de la mañana. Enrique. Un campari. Elena. Cantar muy fuerte. Manejar con los ojos tapados. Acordarnos del primer mail. Narices frías. Un mensaje a las tres de la tarde. Los pies arriba de la mesa. La camisa y el reloj. La complicidad. Los detalles. El número de memoria. La confianza. Los amigos. La mano calentita en mi espalda fría. Volver a estar bien. La risa por teléfono. La risa en el teatro. Las cosquillas. Los besos en el cachete. Los besos en el cuello. La barra de Kansas. Las preguntas. Más cervezas. Carne con papas rellenas. Las apuestas. Lo simple. El tiempo que no existe. Y las ganas de volver a verlo cada vez que me deja en la puerta de casa. 

Dos gin tonic y un beso


Es que no tenía idea que él iba a cambiar sus seis meses en Andorra por una primavera en Buenos Aires conmigo. Pero menos idea tenía que me iba a gustar el típico rider de la nieve, el que se llevaba por delante las bajadas más empinadas del Cerro Catedral, el que coleccionaba cada una de las miradas adolescentes, el que me salvó los huesos en una curva imprevista, el que me dijo: "te veo a la noche en el bar" y siguió surfeando las olas blancas como siempre. Y quién hubiera pensado que esa noche mis amigas me iban a decir "mirá, alguien te está buscando". Tampoco esperaba esa llamada a las 6 de la tarde, si nunca le había dado mi número y ni siquiera esperaba que se acordara mi nombre. Yo no me sabía el suyo. Pero los llamados insistieron hasta el barcito de madera y los dos gin tonic sobre la mesa. El me hablaba del mundo, del freestyle en la nieve y en su vida, de los saltos, de sus viajes, de su casa en frente del lago. Y mientras tanto yo me enamoraba en el medio de un invierno de ocho grados bajo cero. Me miraba a los ojos y me robaba una sonrisa cada dos minutos. El problema: él vivía en las montañas y yo en el cemento. Los kilómetros de distancia no me tentaban. Pero no sabía que a la vuelta de mi viaje me iba a sorprender llamando a mi casa todos los días y que iba a pasarme una hora y media acostada en la cama con el teléfono pegado a la oreja. Lo que parecía un amor de invierno se alargó hasta Septiembre y seguimos agarrados de la mano hasta principios de Diciembre. Siguió sorprendiéndome, esta vez a la salida del colegio. Pero ya me había ido y tuvo que preguntarle a personas cualquieras si me conocían y en dónde vivía. Y en el medio del camino a casa escucho que gritan mi nombre y me tocan la espalda. Ahí estaba el rider de la nieve, esquiando las veredas de Belgrano y con una caja de chocolates en la mano. Después siguieron las pizzas, los mediodías porteños, los caramelos, los besos, las idas, la vueltas y por supuesto, mis miedos. Miedos desordenados en una cabeza inquieta y soñadora de 17 años. Nunca hubiese pensado que después de todas las mariposas iba a dejarlo esperando en la esquina de Migueletes y Libertador. Pasó un año cuando recibí un e-mail de él contándome que se había mudado a Buenos Aires. Pero yo ya había perdido los miedos y estaba de novia por primera vez desde el otro enero. Desencuentros, siempre llegan en los momentos equivocados. Hasta que volvimos a encontrarnos. Mucho después de mi ex. Nos sentamos en una mesa de afuera en Las Cañitas y pedimos pizza con rúcula y panceta. Entre cada cerveza volví a encontrarme con la sonrisa del rider, el mismo al que no podía ni ver mientras esquiaba porque se hacía el canchero, ese mismo que me dijo que iba a buscarme hasta el cansancio después del invierno. Ahí estábamos los dos otra vez. Yo con 22 y él con 26. Pero ese jueves volví a tener 17 y él volvió a robarme sonrisas  durante toda la comida y algunas más, hasta la puerta de casa, antes de la despedida. 

Amigos con derechos



No hay como ellos. Los amigos con derechos. Los que hacen que no existan las preocupaciones ni las ambiciones amorosas ni las historias de color rosa. Los que no conocen la palabra "novia" pero tienen besos de sobra. Los que me hacen reír hasta que me duela la panza.Los que me enseñan que todo lo malo pasa. Los que me hacen sentir cómoda en su propia casa. Los que me despiertan con un beso en el borde de la boca. Los que me sorprenden con un Big Mac y unas papas bien saladas. Los que me traen quinientos vasos de agua. Los que se acuerdan de las charlas de madrugadas borrachas, palabra por palabra. Los que me dicen relajate y olvidate. Los que no encuentran las llaves a las cinco de la mañana. Los que se toman los problemas de la manera más relajada. Los que cantan mientras manejan y si hay tránsito no se quejan. Los que me miran a los ojos y a pesar de la confianza me hacen acordar de las mariposas en la panza. Los que me defienden. Los que saben lo que quieren. Los que me llevan y me traen a la hora que sea y a donde quiera. Los que no me hacen esperar una llamada. Los que me divierten bailando hasta el cansancio. Los que roncan y les puedo tapar la boca. Los que siguen estando aunque pasen los años. Los que me dan la mano. Los que me dicen lo justo y necesario. Los que conocen mis caprichos por adelantado. Los que me cuidan. Los que se quedan aunque no les guste lo que les diga. Los que me miran mientras estoy dormida. Hoy quiero cien más de esos días. 

Quiero


Cuando ya no quería nada que se le pareciera al amor ni nada que tuviese que hacerse de a dos. Cuando pensar en volver a decir "te amo" me daba rechazo y las parejas de la mano me generaban algún sentimiento parecido al asco. Cuando había decidido no involucrarme demasiado y mantener cierto espacio, encuentro en un cajón un pedazo de papel con mi letra en tinta de lapicera y un puñado de corazones dibujados y desparramados por todos los espacios en blanco. Y empiezo a leer desde el primer renglón:

Quiero:
Alguien que me llene de besos.
Alguien que me mire a los ojos y no me hable de miedos. 
Alguien que me ataque a cosquillas por todo el cuerpo. 
Alguien que me haga bien en serio.
Alguien que me guste por mucho tiempo. 
Alguien que me haga reír y no quiera discutir. 
Alguien que me abrace fuerte y no quiera dejarme ir. 
Alguien que sea simple, sin vueltas ni apariencias. 
Alguien que tenga los pies en la tierra.
Alguien que sea sencillo y espontáneo.
Alguien que me sorprenda de cualquier manera.
Alguien que me agarre de la cintura con decisión y con fuerza. 
Alguien que baile conmigo y me cante en el oído. 
Alguien que se quede dormido al lado mío. 
Alguien que le preste a mi cabeza el huequito entre su hombro y su cuello.
Alguien que quiera olvidarse de la rutina y sacarse las zapatillas.
Alguien que me mire mientras estoy dormida.
Alguien que me despierte con un llamado a las 2 de la mañana. 
Alguien que me de besos por toda la espalda. 
Alguien que me haga llorar, pero que después se quede al lado mío para darme la mano, y me ayude a levantar cuando las cosas estén mal.

Me voy a dormir con todos esos renglones espiándome desde la mesa de luz y con todos los corazones desparramados en mi almohada en tinta azul. Al otro día me despierto y quiero volver a ser antitodo eso pero ya no puedo. En el auto suena "Te envío poemas" apenas pongo primera, no tengo facultad pero me despierto igual a las seis de la mañana sólo para ver el casamiento de William y Kate y me enamoro cuando leo los labios de él diciendo "you look beautiful" en inglés, pongo "like" en el video de Glee, el de "Marry you" que tiene Angie en el perfil de su facebook y canto esa canción todo el día en la oficina, me río sin ningún motivo, y aunque no quiera admitirlo vuelvo a dejar en descubierto esa parte mía que a mamá tanto le gusta: la enamoradiza, la que llora en todas las películas, la que pega recortes de corazones en la heladera, la que devora los capítulos de los libros de las novelas, la que escucha "Love it all" a todo volumen y escribe poemas. 

Macho man



Me encanta cuando los hombres van caminando por la calle con un ramo de flores en la mano. Me parece algo totalmente bien de macho, aunque algunos piensen lo contrario. Me quedo mirándolos y me imagino a dónde va a terminar ese ramo. Me invento historias en la cabeza: si discutió con la novia y le quiere pedir perdón, si conoció a alguien el fin de semana y quiere sorprenderla dejándola boquiabierta, sin palabras, o si es sólo parte de su rutina de pareja enamorada. Por ahí si de chica no hubiese visto tantas películas de Disney, y de grande no hubiese seguido con las típicas de besos y finales felices, no me habría desvivido por todas estas escenas de amor de cine. Pero crecí curtida por todas esas princesas de película. A veces es molesto, pero no me quejo. Me encanta que me sorprendan con jazmines, margaritas o rosas. Es el regalo que más feliz me hace por sobre cualquier otra cosa. De las veces que me regalaron flores hay una que le ganó a todas las demás. Fue cuando me dejaron un ramo de rosas y un sobre con mi nombre en la puerta de mi oficina. Morí de amor todo el día. Son esas reacciones de los hombres las que seguro sean el motivo de la risa entre su grupo de amigos, siempre listos y atentos a cada movimiento del que está en camino a dejar su estado de soltero. Pero son esos detalles también los que me enamoran cuando nadie me ve, y me dejan pensando que todavía están los que se la juegan de verdad: los que van por la calle con el ramo de flores, la cabeza levantada y la mirada enamorada. 

Nice to meet you



Si la vida son dos días pasá la noche conmigo.



Je vois la vie en rose





Y que no me importe otra cosa

Ella y él


Pasaron la puerta de madera con la mirada dibujada de timidez. Ella miraba sus pies. El le sostuvo con firmeza la mano. Se sentaron enfrentados, alrededor de la música escocesa y de las miradas inquietas. Ella se acomodaba el pelo al costado del cuello y apretaba el rouge entre sus labios ansiosos de besos. El no se animaba, y sólo la miraba. Se le olvidaban las palabras y transpiraba inseguridad desajustándose la corbata. “¿Vino o champagne? Vuelvo en un minuto, esperame acá” Pero ella envejecía cada vez que tenía que esperar y ya no quería seguir sentada de brazos cruzados en el mismo lugar.

“¿Bailás?” le preguntó una camisa rayada de valentía. Y sus ojos sonrieron un sí sin hablar. El llegó con las copas sostenidas en una mano, pero ya era tarde: ella daba vueltas en el aire con su vestido rojo y se inflaba de felicidad cada vez que giraba hacia atrás y su pelo le cubría la espalda, concentrando todas las miradas de los demás. Era feliz bailando. El eligió la esquina más oscura del lugar y en dos tragos largos vació las copas de champagne. Su pecho se infló de burbujas y confusión, sólo quería volver a tenerla entre sus brazos pero ya se había desgastado la canción de a dos.

Es que en un momento se vive una vida, pero él no entendía esa filosofía. Dejaba pasar los días, y así los meses cuando el amor tenía forma de a veces. Ella se escapó al jardín de invierno y dejó caer el dolor hecho lágrimas apretando el pecho. Respiró el aire de la noche que siempre le hacía bien, se ajustó el vestido y contó hasta diez. Volvió sonriendo, entre el humo y la gente y siguió bailando naturalmente. Bailó hasta no sentir más los tacos debajo de sus pies, hasta volver a sentir la vida corriendo entre las venas y su piel,  hasta el primer bocado del amanecer. 

Strawberry fields forever




Inesita esconde la risa atrás de un bowl de frutillas y nos pasa la madrugada de Diciembre, entre las copas de agua con hielo y dos historias de amor. Todavía nos quedan partes de ellos dando vueltas, mezcladas con viento de río y calor de tormenta. Hay una parte de luna llena del otro lado de la ventana. Acurrucada en su pijama blanco Inés me confiesa que nunca le gustaron los fuegos artificiales. Ni en navidad, ni en fin de año, ni en el campo. "Es como en las películas", le digo. "Si les pedís un deseo se cumple. Siempre". Me voy a dormir con los besos de él en la cabeza. Me acuerdo del pelo despeinado y su mano en mi rodilla lastimada. Sus ojos en esa calle de San Isidro de cervezas artesanales, y su abrazo, que era todo, abajo del árbol.  

Desde Colombia, con amor.


Conocí a un señor colombiano, de camisa sin botones y sonrisa blanca. Después de invitarme a un Campari Red me dejó un recorte de papel sobre la barra de madera gastada: "Ama intensamente. Ama con todas tus fuerzas y todo tu ser. Sino no vale la pena, que la vida es corta y se hace larga la espera. Y si estamos a medias de nada sirve. Ama de la mejor manera y sonríe, aunque nadie te vea". Se fue silbando. Pasó su perfume Armani por la puerta verde, y mi mundo al revés.

Para bien o para mal

Algunos hombres hacen mal.
Es algo que la intuición femenina sabe olfatear, sin embargo la mayoría de las veces preferimos no ladrar, y seguir sumisas sin protestar, regalando oportunidades en cantidades, convenciéndonos que somos dueñas de un amor sin etiqueta y sin patentar.

A mi me pasó, y el anteúltimo beso me costó una intoxicación (sin oficina, sin kilos, sin besos, con cama, con culpa y confieso que pude sacarme el mal de hombres, no sólo de la cabeza, sino hasta de los huesos)

Y hoy mientras manejaba y el agua se apretaba contra la ventana, me acordaba de esas épocas, en las que llevaba el amor con correa, y lo paseaba por donde sea, pero sin soltarlo y arraigado de orgullo y recelo en la palma de mi mano.

Es absurdo hacer perdurar lo que no vale la pena, como las parejas por comodidad o por seguridad. Dolly ya entiende de hombres que hacen mal, y prefiere divertirse mientras pueda y disfrutar del presente, que es lo único que no la desespera.

Por mi parte no puedo quedarme quieta. Y si no me regalan jazmines o todo sigue su curso sin días espontáneos ni sorpresas, no voy a conformarme con alguien sólo por las apariencias.

A mí dejame con los hombres que hacen bien.
Los que se la juegan,
Los que me buscan hasta el cansancio,
Los que no conocen días y horarios
para las salidas, los mensajes y la adrenalina.
Los que me agarran de la cintura con fuerza y con ganas,
Los que me miran a los ojos y me dejan embobada,
Los que se acuerdan de los detalles,
Los que no se preocupan por los talles,
Me quedo con esos;
Los hombres simples, los que van al frente,
de bermudas y ojotas,
que la reman aunque les cueste.

Un peu d'air sur terre




Hay algo en el aire de Octubre que me empalaga y entrecorta la respiración. No sé si son los jazmines de los miércoles, los licuados de banana o mi pelo recién lavado mezclado con Dolce & Gabbana a la mañana. No sé si son tus besos en Callao y Melo, de madrugada cuando todos duermen, o los helados de limón, y las siestas acurrucadas en el sillón.

Sunday sunbreak.


A veces me hacen falta varios vasos de jugo y ron
para dejar en reposo la cabeza y perderme con vos.
No te fumes el último cigarrillo que ya está por salir el sol,
y prefiero cambiártelo por un beso mio,
y abrazarte más tarde hasta quedarnos dormidos, los dos.

Tazas rotas, tazas nuevas



Cuando algo se rompe es inevitable que vuelva a ser lo que era antes. Si una taza se cae al piso y se parte en varios pedazos es casi imposible poder reconstruirla y volver a usarla.

No queda otra opción que mirar con melancolía los pedacitos desparramados por el suelo y después de unos minutos de duelo interno deshacernos de ellos.


Seguramente al poco tiempo encontremos una taza nueva, que reemplace el lugar de la otra. Y hasta quizá nos haga sentir con mayor intensidad el sabor del café, del chocolate o del té.

También puede pasar que, cuando la taza se rompa, sólo se quiebre algún pedazo y pueda ser fácilmente reparable. Y así volver a tener en nuestras manos la taza de antes pero reciclada.

Los demás pueden no darse cuenta pero nosotros no podemos engañarnos y sabemos que esa taza está partida, que tiene los bordes despintados y que es una víctima frágilmente vulnerable a sufrir una próxima rotura, que seguramente termine con su vida de porcelana blanca a la deriva.

Creo que muchas veces lo mismo pasa en la vida, con las personas.

Hasta hay veces en que intentamos reconstruir los mil pedacitos, una y otra vez.
Y lo logramos, pero vuelven a desprenderse. ( y con mayor facilidad que antes)

Y es sólo una ficción; es triste. Da lástima. Porque adentro nuestro sabemos que no es lo mismo, que lo que era nuevo el tiempo lo desgastó hasta dejarlo sin color.

Y por miedo a no encontrar una taza nueva, por conservar la seguridad, por ser egoístas o simplemente por comodidad preferimos seguir pegando los pedacitos, y ocultar esas partes rotas al resto de las personas.

Todo por no desapegarnos de lo que no nos satisface en su totalidad y no armarnos del valor necesario para saber elegir y descubrir lo que queremos en verdad.

Otoño



Mayo de otoño, mojado de sol.

Son tus veces de días callados,
son tus hojas durmiendo entre adoquines,
son tus tardes de libros pesados.

Son los besos escondidos
entre lo inesperado y Libertador,
son los bordes del olvido.

En sorbos con gusto a vos.

Color otoño
aroma a mayo
en mis tardes de sol.

Quedate conmigo



Buscame cerca tuyo, donde guardé un par de ilusiones en tinta azul.
Que la noche es larga, pero no eterna si todavía quedan ganas de abrir los ojos y ver el sol.
Junto a la escollera que divide la costas, en la arena fría, que de a poco se entibia
con el calor de ese último amanecer.
Quedate conmigo a escuchar lo que me cuenta el mar,
a que el viento me suelte el pelo en un secreto,
a sentir la calma adentro mio.
Quedate conmigo.